Por Juan Pablo León Almenara

El lunes 14 de diciembre al mediodía, cuando el chofer Oscar Balbuena Villarruel encendió el motor de la miniván Renault de placa Z9Q-960, los 18 pasajeros a bordo ignoraban la larga lista de delitos e infracciones que había detrás de este vehículo. Por ejemplo, que el costo de su pasaje financiaba a una red de personas acusadas de extorsionar a transportistas. Que esta unidad ni siquiera necesitaba moverse para cometer faltas graves: tenía más pasajeros que su capacidad máxima y utilizaba un permiso turístico para hacer taxi colectivo. Dos horas después de que Balbuena partiera de Puno, esta miniván terminó volteada y destrozada con 11 de sus ocupantes muertos tras chocar contra un camión. Esta furgoneta explica por sí sola el descontrol que existe sobre el negocio del taxi colectivo, formalizado por el congreso.

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