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"Losers" de Netflix: la elegante manera de fracasar, por Renato Cisneros

"La mayoría de estos hombres y mujeres, aun esforzándose al máximo, se dieron de bruces contra sus propios límites físicos o simplemente contra eso que algunos llaman destino; otros, mala suerte; y otros, realidad"

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Renato Cisneros opina sobre 'Losers', el reciente estreno de Netflix. (Foto: Netflix)

Para ser un perdedor en toda regla, un gran perdedor quiero decir, hay que tener cierto talento. O al menos regularidad. Un gran perdedor puede acariciar la gloria, mas persevera en la derrota. Si obtiene un triunfo eventual, vaya y pase; pero si corta su racha negativa con una seguidilla de victorias, arruina su reputación. Ahora, bien, no todo perdedor sabe perder. Un perdedor que no entiende su traspié, que al cabo de un tiempo no extrae de él ningún tipo de aprendizaje o conocimiento, es un mal perdedor, es un perdedor indigno, es dos veces perdedor.

Escribo esto cuando aún no terminan de pasar los créditos finales de Losers, la docu-serie de Netflix que recoge ocho historias de ex deportistas entre amateurs y profesionales, exponentes de disciplinas populares y minoritarias, que demuestran que en ciertos reveses hay lugar para el orgullo, incluso para la vanagloria. La mayoría de estos hombres y mujeres, aun esforzándose al máximo, se dieron de bruces contra sus propios límites físicos o simplemente contra eso que algunos llaman destino; otros, mala suerte; y otros, realidad. Todos, sin embargo, encontraron una forma indirecta de realización y pudieron desdramatizar lo que en su día pareció una tragedia sin salida.

Michael Bentt odiaba boxear, pero su padre lo obligó a subirse al ring desde niño. Hizo una carrera llevado por la rabia y logró ser campeón mundial de los pesados de la OMB, pero era un campeón infeliz. Recién conoció el alivio el día que un médico le advirtió que debía colgar los guantes por salud.

El Torquay United, equipo de segunda de la liga de fútbol inglés, estuvo a punto de descender y desparecer, pero en un partido muy accidentado, donde un perro policía acabó convertido en inesperado cómplice, logró salvar la categoría y restituir la calma entre los fanáticos del pequeño pueblo costero de Torquay.

A Surya Bonay, la patinadora de hielo negra más talentosa que haya conocido Francia en los últimos cincuenta años, la habilidad acrobática no le bastó para convencer a los varios jurados racistas que enfrentó siendo profesional, quienes nunca lograron acostumbrarse del todo a su estilo y su color.

Utilizando ilustraciones animadas, un impresionante material audiovisual de archivo y una narración muy solvente, Losers consigue –como en el caso de las biografías de Pat Ryan y Aliy Zirkle– que el espectador latinoamericano se interese por competencias tan ajenas como el campeonato de curling canadiense o la carrera de trineos jalados por perros de Alaska.

La colección de perdedores se completa con otras tres historias reales: la del maratonista italiano Mauro Prosperi, quien se extravió cuatro días en el desierto; la de Jack Ryan, el basquetbolista rubio de Harlem que pudo llegar a la NBA pero acabó haciendo malabares como los Globetrotters; y la del eximio golfista francés Jean van de Velde, que falló seis golpes de modo clamoroso en la instancia final del Abierto Británico de 1999.

El director de la serie, el neoyorquino Mickey Duzyj, no busca romantizar la caída, sino destacar la enorme dosis de humanidad que existe en el fracaso. El tema obsesiona a Duzyj. No es casual que su trabajo anterior haya sido The Shining Star of Losers Everywhere, un cortometraje sobre una yegua de carreras japonesa que perdía absolutamente todas las partidas, pero acabó convirtiéndose en la salvadora de un hipódromo caído en desgracia.

Estamos tan mentalizados en competir y ganar de cualquier modo, tenemos tanto rechazo a la idea de perder, a no aparecer en el podio o en la foto, que estas historias resultan ser un verdadero desahogo. Más que vivir metiendo el dedo en la llaga de nuestras derrotas –las individuales, las colectivas–, más que emplearlas como armas arrojadizas contra nosotros mismos, deberíamos tratar de empatizar con ellas, de entender que ellas también nos constituyen.

Como bien apunta uno de los entrevistados en Losers: “Una sociedad no puede contentarse con solo hablar de la victoria. Siempre decimos que aprendemos más de la derrota que de la victoria. Si es así, entonces debemos prestar más atención a aquellos que pierden”. //

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