Jorge Chávez Noriega

No recuerda exactamente bien por qué, pero Catalina Zariquiey (15) cuenta que cuando era niña –es decir, hasta no mucho– odiaba ir a la playa. No le gustaban las olas, ni la arena, ni el agua salada. Había nacido y vivía en el paraíso, frente al cálido mar de Máncora, pero ella se rehusaba a acompañar su papá, un surfista aficionado, cada vez que este le proponía darse un chapuzón. Hasta que un día no tuvo más opción.

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