Por Gabriela Machuca Castillo

Allison Quispe Chávez no pudo llorar a su padre cuando este murió de COVID-19 el 10 de enero. No pudo porque a la más mínima manifestación física de pena ella dejaba de respirar. También estaba enferma, como todos en su casa. En la Facultad de Educación de la PUCP es célebre incluso hoy su energía y positivismo, pero entonces, la aspirante a profesora de primaria estaba agotada. Cada día era peor que el anterior. Demasiada pérdida junta. Pronto se lo diría a su familia: “Lo dejo ya en manos de Dios”. Entró inducida al coma a la Unidad de Cuidados Intensivos de la clínica Sanna de San Borja el 21 de enero y despertó el 15 de marzo, casi dos meses después. A los días, sin embargo, aún con un tubo conectado con un corte a la garganta, encontró en el Whatsapp de su teléfono maravillosos motivos para recuperarse. Estaban los cincuenta y tantos mensajes que su enamorado Jason le había escrito y enviado cada noche que estuvo inconsciente, por ejemplo. Pero, especialmente, un chat con dos de sus grandes amigas de la universidad: Elizabeth Gutiérrez y Diana Guerrero. El trío tenía lista una tesis grupal para optar por el grado de licenciadas, pero la sustentación a inicios de año quedó suspendida debido a la tragedia. Ante la incertidumbre, se les ofreció a estas últimas la chance de defender a dúo oralmente su trabajo, pero ellas se negaron. Iban a esperar a Allison porque estaban seguras que iba a reaccionar. Porque las misas virtuales los viernes iban a funcionar. Porque sin ella no había “tres mosqueteras” y porque juntas empezaron el proyecto más importante del último lustro de sus vidas y juntas lo iban a acabar. Allison recuerda: “Cuando leí que estaban aguardando por mí, me sobrecogí de la emoción. Sentí que tenía que pararme rápido. Balbuceando le pedí al doctor que me desentubara, que me mandara a piso para empezar a usar una computadora portátil. Me tocaba ahora estar ahí para ellas”.