Martes, 27 de marzo de 2007
El fulgor de las sombras: W.G. Sebald o la gran muerte prematura


El notable escritor alemán W.G. Sebald, que vivió buena parte de su vida en Inglaterra, murió hace exactamente 5 años, a los 57, cuando su obra empezaba a considerarse la más valiosa muestra de literatura europea del cambio de milenio.

Por Peter Elmore

El 14 diciembre del año 2001, un automovilista perdió el control del vehículo que conducía por un camino de Norwich, cerca al Mar del Norte, y se estrelló contra un muro de contención. El accidente, acaso causado por una falla cardíaca, le provocó la muerte. El parte policial se limitó a consignar estos datos: W. G. Sebald, 57 años, ciudadano alemán radicado por 25 años en Inglaterra, profesor en la Universidad de East Anglia. Luego, los diarios se encargaron de resaltar la importancia del difunto, considerado por muchos como el más valioso autor europeo del cambio de milenio. Las honras necrológicas, que suelen ser exageradas, no lo fueron en este caso.

Del dolor y del misterio de la pérdida, de los rastros que dejan los ausentes, se ocupa con grave insistencia la obra de Sebald. Vértigo, Los emigrantes, Los anillos de Saturno y Austerlitz son libros cuya sustancia es la memoria -histórica, personal- y cuyo empeño es el de elaborar el duelo, sobre todo por aquellos -las víctimas del Holocausto nazi, de las políticas imperiales o de la razón instrumental moderna- que murieron a manos de verdugos persuadidos de la superioridad de su civilización, su raza o su clase. No hay, sin embargo, efusiones macabras ni plañideramente sentimentales en la obra de Sebald, a la que distingue un estilo suntuosamente sobrio, en el cual se conjugan la cadencia confidencial de la voz narrativa con la precisión evocativa de los detalles: "Si hoy nos detenemos ante el vasto lienzo de La lección de anatomía, de Rembrandt, en el Mauritshuis, estaremos en el preciso lugar donde se hallaban quienes asistieron a la disección en el Waaggebouw, y creeremos ver lo que en ese entonces vieron ellos: en primer plano, el cuerpo lívido y tendido de Aris Kindt, con el cuello roto y el pecho terriblemente hinchado por el rigor mortis. Y, sin embargo, es discutible que alguien haya visto realmente ese cuerpo, pues el arte de la anatomía, todavía en su infancia, era en gran medida un modo de volver invisible al cuerpo réprobo", dice el narrador innominado -que es y no es el propio Sebald-en uno de los capítulos de Los anillos de Saturno. El saber profesional y especializado puede ser una forma de cegarse ante lo humano, sugiere el narrador, cuyo espíritu reflexivo y tolerante hace recordar a Michel de Montaigne. También se sitúa del lado del propio Rembrandt, que deliberadamente dibujó en su obra maestra un error -la mano cercenada no puede ser la del cadáver-para indicar sutilmente su disidencia.

UNA VERSÁTIL HIBRIDEZ
Inquisitivos y líricos, los libros del autor alemán tienen una cualidad elegíaca que no disminuye la fuerza de su argumentación. Eso, precisamente, los vincula con la forma flexible, personal y reflexiva que creó Montaigne en sus Ensayos. De todas maneras, no es una sola la matriz de la escritura. En su versátil hibridez, los textos de Sebald participan de varios géneros de la prosa: el ensayo, la biografía, la crónica de viajes, la memoria, el reportaje, la novela. El peso de cada uno varía delicadamente en cada libro. Así, Austerlitz -en el cual el protagonista le cuenta al narrador cómo recuperó un pasado abolido por el trauma de la segunda guerra mundial-tiene una estructura novelesca, mientras que Los emigrantes sigue más el modelo de la pesquisa biográfica y en Vértigo alternan capítulos que recrean imaginativamente las vidas de autores admirados -Stendhal, Kafka- con otros que reconstruyen las travesías del escritor. En Los anillos de Saturno, el hilo conductor son los paseos a pie del narrador por los paisajes más austeros de los condados de Suffolk y Norfolk. Ese peregrino es también un crítico cultural, pues parte de hallazgos -por ejemplo, el de una minúscula locomotora con inscripciones chinas- o encuentros -como los que tiene con un granjero que reconstruye el Templo de Salomón- para mostrar los costos naturales y humanos de la civilización.

La obligación del escritor no se agota en la denuncia, que puede convertirse fácilmente en una forma de la autocomplacencia. Para Sebald, la responsabilidad moral involucra la propia práctica de escribir, que para hacerse con integridad y decencia exige una entrega laboriosa, paciente. El artista no es un elegido ni, menos aún, un ser dotado de una sensibilidad superior a la de la gente común. Es, como pensaba Walter Benjamin, un productor. De ahí que, con naturalidad, el tejedor sea no solo un par del creador de textos, sino su paradigma. A propósito de los artesanos de Norwich en el siglo XVIII, escribe Sebald: "Que los tejedores en particular -así como los estudiosos y los escritores, con quienes tanto tienen en común- tendieran a sufrir de melancolía y de los males que a ella se asocian, es comprensible dada la naturaleza de su trabajo(...) Es difícil imaginar las desesperadas profundidades a las que pueden llegar quienes, ya después del fin de la jornada, siguen absortos en sus intrincadas figuras y en sueños se ven perseguidos por la sensación de haber equivocado el hilo".

LA ENFERMEDAD COMO VIAJE
En el mundo de Sebald, las dolencias del cuerpo y las aflicciones de la mente están estrechamente ligadas a la creación artística. La enfermedad puede ser una de las consecuencias del esfuerzo y la dedicación que el oficio demanda, pero también puede convertirse en fuente de la experiencia y el conocimiento. De ahí que guarde una soterrada afinidad con el viaje, que agudiza la sensibilidad y depara revelaciones. Es ejemplar, en este sentido, el estupendo capítulo de Vértigo dedicado a reconstruir -es decir, a reinventar-el viaje alucinatorio y atormentado que en 1913, con la salud quebrantada, llevó a Franz Kafka desde un congreso sobre higiene en Viena hasta un sanatorio italiano. "En el curso de los años siguientes, largas sombras descendieron sobre esos días de otoño en Riva, que, como el doctor K se decía en ocasiones a sí mismo, habían sido tan espantosos y tan bellos, y de esas sombras emergió gradualmente la silueta de una nave con mástiles de altura inaudita y oscuras velas plegadas". La mente creadora funciona como un laboratorio de fotografía donde, de un modo misterioso, la vida termina revelándose como visión.

La cualidad hipnótica y espectral de la admirable prosa de W. G. Sebald, que no decae en ninguno de sus libros, es el sello estilístico de una tarea ética que consiste en contar, siempre sin repetirse, los retornos de un pasado reprimido. Los fantasmas que la escritura convoca no son los de la ficción gótica, sino los de la historia universal y los de la política moderna. Ya sea que inspiren horror o solidaridad, es justo reconocer su presencia. Esa es la lección última del autor que escribió: "Caminé hasta el borde del camino, y supe que nunca antes había contemplado tales abismos".


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