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De la pandilla al deporte: la travesía de Luis

Lo llamaban ‘El Faite’. A los quince años fundó “Los Satánicos de Sucre”, cuando las barras de fútbol y las pandillas de El Agustino eran su infierno. Ahora, Luis coordina la Escuela Sociodeportiva Martin Luther King entre los cerros más hacinados del Perú.Le duele que un niño crezca sin mirar a los ojos por vergüenza, miedo o ignorancia, o que se entierren en las calles porque les falta un abrazo. Si una vez evocaron frustración y violencia, hoy familia y deporte son una redención.

Cuando era niño, Luis Lagúrtegue era tímido. Su colegio quedaba en un barrio de hinchas de Universitario, pero él vivía en territorio de Alianza Lima.  Desde la puerta del ‘cole’ lo perseguían para molerlo a golpes o meterle punta, pero él corría y corría, hasta que un día no volvió a estudiar. Se quedó en la calle, primero jugando, luego ‘cogoteando’. Tenía pinta de boxeador amateur. Reemplazó su casa por la pandilla, que es una nueva familia. Tenía once años. Era principios de los 90. No se veían ni bancos ni pollerías entre los cerros y calles sin pavimentar de El Agustino, solo algunas salchipaperas al paso.

- De mi niñez recuerdo poco -subraya Luis, quizá porque no le duró casi nada.

Para Omar, su ‘causa’ desde los once años, el mayor ejemplo de Luis ha sido su
constancia. Aunque Omar primero imitó lo malo, después siguió lo bueno, por eso lo
acompañó hasta Martin Luther King (MLK). Omar ahora
gestiona el área de Deporte en la Municipalidad de El Agustino. Luis se había prometido dejar las pandillas al tener un hijo; ahora tiene tres: Julio, Nicolás y Christofer. En Lima, los domingos va al parque con ellos y su esposa, Judith; los mismos parques donde antes cogía del cuello a los transeúntes. En un viaje a Guatemala donde relató su testimonio, no salía del hotel por hablarles por teléfono. Cuando Luis ve algún un niño sucio o sin zapatos en la puerta de MLK, se le acerca, lo abraza y le pide que pase.
Ambos sonríen: era el deporte o la calle.

“En Martin Luther King pueden sentir el cariño de quienes se preocupan
por ellos”, afirma Luis, “un espacio que no había en El Agustino, donde los
niños y jóvenes tienen al menos la alternativa que yo no tuve”.

La última vez que Luis jugó fútbol fue en el Centro de Prevención
para menores de Maranga, a donde lo enviaron cuando tenía 16 años. Afuera
lo esperaban “Los Satánicos de Sucre”, la pandilla que organizó a los quince años. Lo encarcelaron por asalto a mano armada, ya que al capturarlo no
escondió el machete. Se hacía llamar ‘El Faite’. “Yo soy un faite”,
gritaba cada vez que se achoraba. Difícil imaginarlo en Maranga
llevando la bandera de la escolta y haciendo el taller de jardinería. Ahí
se sentía más seguro que en la calle, recuerda. El verdadero partido lo
jugaba en su conciencia.

Hace poco visitó Matute. Miró de lejos la tribuna sur, donde antes saltaba y
asaltaba. Diez años atrás “Los Picheiros” eran la pandilla más brava de El
Agustino, liderada por su hermano Sully, a quien protegía como un guardaespaldas. Sully era explosivo, mientras que Luis era sereno. En 1996
casi 40 pandillas cerraban las cuadras de la avenida Riva Agüero para guerrear con
cadenas, puntas y sables. Hoy, a sus 28 años, Luis confiesa que no ha llevado a sus hijos al estadio y, si algún día lo hace,
sería a occidente, lejos de la muchedumbre efervescente y las camisetas en
estampida.

El comisario de entonces, Santiago Vizcarra, fue el primero en tratar de
sonsacar las aspiraciones y la humanidad de esos soldados
del desdén que son los pandilleros, escudriñando bajo los tatuajes a través
de dos preguntas que a lo mejor nunca les habían hecho: cómo están y qué quieren. Luis estaba en nada.
Una nada intensa y ciega que no le permitía ver dos segundos de su vida en
adelante. Atrincherado en el alcohol, la marihuana y la pasta, ansiaba una mano
o un sueño. Antes de irse debido a su ascenso, el comandante Vizcarra sembró la idea de que podían vivir con esperanza. Entonces Sully decidió buscar al Padre ‘Chiqui‘, harto del peligro y
haciéndose responsable por los demás muchachos. A ‘Chiqui’ lo habían visto de lejos porque era capellán de Alianza Lima. Luis lo acompañó, su primer hijo ya había nacido pero
salirse no era tan fácil.

“Es un proceso, no se cambia de un día para otro. Lo más importante son la conciencia de uno, preguntarte en dónde estas parado, y la voluntad. En
eso Lucho fue un guía. Hemos conversado mucho y ahora sentimos que el tiempo no
pasa por las puras, que hay logros. Además, seguimos vivos”, dice Omar.

Educación, formación laboral, deporte y hasta hip hop en MLK Records. La
asociación es ahora un ejemplo también para las familias y la comunidad. En
el 2009 Luis recibió a nombre de la MLK el premio Buenas
Prácticas en Gestión Pública de CAD
en la categoría Seguridad Ciudadana. Además, este año han firmado un convenio con la Fundación Real
Madrid
, para ponerle cerebro y corazón al futbol, porque si se
trata solo de las piernas, no harían más que dar patadas. La Escuela tiene 270
estudiantes entre niños, adolescentes y jóvenes: 50 de vóley y el resto de
futbol. Con el aporte madridista, los niños reciben cereal, una fruta y hasta Gatorade todos los
días. Para algunos es un lujo, es difícil que en su casa encuentren
agua limpia.

Chiqui’ era párroco jesuita en el distrito y
organizador del Agustirock en los 80, durante el pánico terrorista.
“Los Picheiros” querían cambiar de negocio, hacer una asociación que pase de la pandilla a la chamba, de la violencia a la conciencia
tranquila. En su primera reunión llenaron la parroquia con 200 jóvenes.
Treinta de ellos se fueron con ‘Chiqui’ de retiro y aprendieron que las ideas
necesitaban de planes y presupuestos. Surge la organización de grupos
juveniles Martin Luther King. Una de sus primeras actividades fue
formarse para el trabajo, gracias al programa “Yo Tengo un Sueño”,
diseñado y dictado personalmente por el presidente de Interbank y su esposa. De
la mano de ‘Chiqui’ constituyeron un centro educativo no escolarizado donde Luis el próximo año terminará su secundaria.

Con el tiempo ‘Chiqui’ invitó a Luis a coordinar la Escuela Deportiva de MLK para niños
vulnerables. No es suficiente. Luis acaba de abrir una escuela particular para niños de
familias con mayores ingresos y llevó un curso en el SEA (Servicios
Educativos El Agustino)
, donde ganó el capital para un negocio de papas
procesadas para las pollerías. Se llamará “Doña Papa”, ríe. Cuando estuvo en Guatemala culminó
su testimonio en la conferencia con esta frase: “Le diría a los líderes de mi
país que inviertan en la educación, el deporte y el tiempo libre de los
jóvenes”. Además de emprendedor, Luis sigue siendo un ‘faite’ (un fighter, un luchador), pero de otro
modo: un joven como cualquier otro que ha conseguido algo extraordinario:
salvarse a sí mismo sacando del peligro a los jóvenes que lo rodean.

Texto: Elohim Monard