“Aún queda un largo camino para superar el racismo ”
Marlene Owens
Directora general de la fundación Jesse Owens
Nací en 1939 en Cleveland. Soy la segunda hija de Jesse y Ruth Owens. Soy licenciada en Bienestar Social por la Universidad de Ohio y tengo una maestría en Servicio Social Clínico por la Universidad de Chicago. En 1980 creamos la fundación Jesse Owens. Nuestra página web es jesse-owens.org.
Marlene [derecha] al lado de su tía Gloria Owens en el estreno de la película sobre Jesse Owens: “Race”.
Por: Renzo Giner Vásquez (@sebginer)
Las cuatro medallas doradas que Jesse Owens consiguió en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 lo convirtieron en un ídolo deportivo. El haberlas ganado frente a Adolfo Hitler lo hizo una leyenda. Su actuación fue tan destacada que Luz Long, el atleta alemán y repetidas veces campeón europeo al que derrotó en la final de salto largo, terminó abrazándolo y convirtiéndose en su amigo, retó de esa forma la ideología nazi de la época. Hoy, 80 años después, la fundación Jesse Owens busca mantener su leyenda viva. Marlene Owens, hija del atleta, está al otro lado de la línea pero ya no para hablar sobre el atleta que derrotó a Hitler en los Juegos sino del hombre que le pedía dar lo mejor de sí en lo que le apasionara. “Lo recuerdo como un padre muy cariñoso y protector, enfocado en hacer todo lo posible por su familia”, nos dice.
—En una entrevista dijo que su padre no hablaba mucho de sus logros…
Así es. No pasaba mucho tiempo hablando de eso. Cuando estaba con la familia era nuestro padre y prefería invertir el tiempo en preguntarnos cómo nos iba en la escuela, sobre nuestros sueños y esperanzas para el futuro, o impartirnos disciplina si hacíamos algo mal. Sin embargo, si teníamos curiosidad sobre algo de los Juegos Olímpicos él nos lo iba a contestar.
—¿Puede contarnos algo curioso que le haya dicho sobre su carrera?
En lo que nos decía, uno se daba cuenta al ver su vida y la relación que tenía con sus compañeros de equipo. La mayoría de ellos permanecieron como amigos muy cercanos, la camaradería que existía entre ellos era muy especial. Como resultado, se convirtieron en parte de nuestra vida también. Éramos conscientes de que ese tipo de relaciones comenzaron como atletas pero continuaron con mutuo respeto y admiración. Ralph Metcalfe (olimpista estadounidense de Berlín 1936) fue muy buen amigo de mi papá, conocimos a su familia, éramos muy unidos y la amistad era muy real.
—Imagino que en su casa había una vitrina de trofeos bastante grande…
Mi madre tenía una galería con imágenes, trofeos y medallas. Recuerdo que cuando nos mudamos a Detroit, el sótano se convirtió en el ‘cuarto olímpico’ y las paredes estaban cubiertas con fotos de mi padre.
—¿Fue difícil llevar su apellido? ¿Sintió presión en algún momento?
No. Creo que fue porque no tuvimos una carrera atlética. Como no nos vimos envueltas en eso, la presión de ser atletas de alto rendimiento no existió. Una de las cosas que sí esperaban era que fuésemos las mejores en lo que escojamos ser. Así que la presión no era de forma directa pero sí implícita. Sabíamos que era importante maximizar nuestro potencial.
—Tras los JJ.OO., su padre no recibió ni siquiera un telegrama del presidente…
Cierto.
—Además, en el desfile que se organizó para los atletas, fue enviado a la parte posterior por el color de su piel.
Eso también es verdad.
—Es increíble pensar que le hicieran eso a la mayor estrella deportiva…
Sí. Pero él era una persona muy justa, veía a las personas como tales. Entendía que el racismo estaba presente en el país porque lo había experimentado desde pequeño. Vivió hasta los 9 años en el sur, un lugar muy segregado. Cuando se mudó al norte llegó a una comunidad integrada, a una escuela integrada, las familias que vivían ahí tenían muy pocos recursos. Creo que ahí mi padre comenzó a ver a la gente por lo que son: personas, sin importar el color de su piel. Y así crecimos nosotras.
—El racismo es un problema vigente…
Eso podría llevarnos a una conversación muy larga y complicada. Desde mi perspectiva, las cosas en este país son muy diferentes a como eran en 1936. Hay mucho que ha cambiado y es por el sacrificio de muchas personas que lucharon por eso. Ha habido grandes logros pero aún nos queda un largo camino por recorrer y creo que lo vamos a lograr gracias a las generaciones jóvenes.
—¿Qué hizo su padre tras retirarse del deporte?
Tuvo que hallarse a sí mismo. Hizo una serie de cosas, no volvió a casa con grandes respaldos o acuerdos lucrativos. Hubo muchas promesas pero ninguna se cumplió, así que tuvo que encontrar la forma de mantener a su familia. Volvió junto a mi madre a Cleveland y consiguió un trabajo en un patio de juegos, fue su primera experiencia trabajando con jóvenes. A partir de entonces, todo lo que hacía involucraba ayudar a los más jóvenes. Intentó un par de negocios que fracasaron, hasta la década del 60 cuando descubrió que era un gran orador. En paralelo fundó una compañía de relaciones públicas con la que representó a cerca de 4.500 empresas. Ahí fue cuando su vida profesional enrumbó.
—Uno de los objetivos de su fundación es, y cito: “perpetuar el espíritu y creencias de Jesse Owens”. ¿Cuál es la principal enseñanza que les gustaría transmitir?
Creo que los valores con los que nos crio: ser lo mejor en lo que elijas, optimizar tu potencial. La fundación se creó para proveer oportunidades, mediante programas, para niños que de otra forma no tendrían oportunidad.
—¿Considera que algún atleta actual represente los valores de su padre?
[Piensa] No he pensado mucho en eso… Creo que no lo puedo contestar. Pero sí te puedo decir que hemos visto los Juegos Olímpicos con especial atención en la gimnasia porque mi nieta está tomando clases de eso. El equipo de EE.UU. es adorable, creo que representa lo bueno de nuestro país, es un grupo muy diverso que se cuida, se respeta y se apoya. ¡Que gran ejemplo nos da el deporte! La vida en este país podría ser así.

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