Mucho antes de que existieran periódicos, radios o redes sociales, ya había un medio que dominaba todos los demás: el boca a boca. Su eficacia no dependía del mensaje, sino de la confianza en quien lo transmitía. En las tribus, esa credibilidad personal aseguraba que las historias y el conocimiento sobrevivieran en el tiempo. Ningún invento posterior –ni la imprenta ni la televisión ni el Internet– la ha superado.