Porque su análisis socioeconómico se centra en el individuo, núcleo básico sobre el cual desarrolla su teoría. La acción humana es el comportamiento que busca fines a través de medios escasos con los cuales actúa para obtener un resultado. Son los individuos quienes toman y son responsables de sus decisiones. Ergo, se enfatiza la dignidad del individuo al otorgarle el pleno ejercicio de su libertad de acción.
Porque al centrar su análisis en el individuo y considerarlo como un agente moral, defiende irrestrictamente derechos inherentes e inalienables a la naturaleza humana, los cuales preceden inclusive a la formación de cualquier Estado: la protección de su vida, su libertad en todas sus expresiones y su propiedad privada.
Porque al ser consciente de que el Estado es la única organización social que obtiene sus ingresos no mediante contribuciones voluntarias ni el pago de servicios prestados a sus ciudadanos, sino mediante la coerción, propone un Estado dividido y de poder limitado. Es precisamente este uso de la fuerza el que lleva al Estado a sobrerregular las acciones de sus ciudadanos. Por ende, no empodera a un “grupo selecto de hacedores de políticas”, sino que empodera al individuo.
Porque cree en el orden espontáneo que surge de la interacción de miles de personas que coordinan sus acciones entre sí con el objetivo de satisfacer sus fines o proyectos de vida. La evolución del lenguaje, el desarrollo de leyes o normas, la creación del dinero, la formación de mercados y la formación de precios no han surgido producto de una planificación centralizada, sino espontáneamente, a partir de la necesidad de prosperar de distintos grupos de individuos.
Porque incentiva una sociedad donde las personas son libres de construir su propia vida, en la medida en que respeten la igualdad de derechos de los demás. Las personas se rigen así por normas jurídicas de aplicación general. Bajo un estado de derecho, todos somos iguales ante la ley.
Porque respeta el derecho que las personas productivas tienen de conservar al máximo el fruto de su trabajo y la dignidad que ello les brinda. Se enfoca así en políticas que promueven el incremento de la oferta agregada o la capacidad productiva frente a políticas públicas destinadas a estimular artificialmente la demanda agregada.
Porque promueve los valores del trabajo, la frugalidad y la meritocracia. No considera a la economía como un juego de suma cero, sino uno en el cual todos pueden incrementar su riqueza sin necesidad de extraerle involuntariamente al otro. Promueve la competencia y no el parasitismo.
Asimismo, porque favorece el proceso de destrucción creativa, donde nuevas tecnologías reemplazan a las antiguas como necesario para la generación de riqueza, dejando con ello –además– que sean los consumidores, y no los Estados, quienes, en función de sus preferencias, decidan a los ganadores en un mercado.
Y porque la evidencia empírica lo valida abrumadoramente. ¡Uno podrá ser dueño de sus ideas, pero no de los datos!