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“A lo largo de la historia, los perros siempre han estado allí”
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En el contexto de la conquista de América, las llamadas crónicas de Indias pueden dividirse según la suerte de los protagonistas. Están las “Cartas de relación” de Hernán Cortés, por ejemplo, escritas entre 1519 y 1526 y dirigidas al rey Carlos V sobre sus acciones en la conquista de México. Una visión heroica que tuvo gran impacto en la España de la época. Pero también están los relatos del fracaso, como los que generó la desastrosa expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida, registrada en la memorable “Naufragios” por el cronista Álvar Núñez Cabeza de Vaca, uno de sus sobrevivientes.
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Quien lea la estupenda novela “Tierra de canes” intentará asociar la historia del soldado protagonista a uno de estos dos discursos. Por un lado, Carlos Enrique Freyre nos cuenta la historia ubicándose en la perspectiva del conquistador, responsable del cuidado y ataque de los temibles perros de caza, una de las armas más cruentas contra los indígenas. Sin embargo, es también la historia del hombre que no encuentra lugar ni fortuna dentro de ese ejército, quien tras tantas batallas encuentra el sinsentido de su gesta. Para el escritor y Teniente coronel de nuestro Ejército, lo que sucede es que, como en muchos episodios de la historia humana, quien se juega la vida debe lanzar los dados. “Los soldados españoles sabían que hacían una apuesta difícil. Era como jugar una lotería con pocas posibilidades de ganar. La conquista era una aventura y un negocio también”, explica.

En “Tierra de Canes”, Freyre da cuenta de la historia e intrigas sufridas por Tomás de Xérez, quien en 1502 abandona España para buscar fortuna en el Nuevo Mundo. Sin embargo, en América no encuentra riqueza, sino solo la violencia y la codicia de sus superiores. En la invasión española del Caribe termina convertido en “aperreador”, un soldado que utiliza perros de guerra para someter a los indígenas. Canes que, incluso, ganaban un sueldo por ello.
El soldado español y su perro: un tema que hemos tenido al frente todo el tiempo y nunca le pusimos atención... La historiografía habla de arcabuces y caballos como principales armas de los conquistadores españoles, pero nunca de los perros.
Es la historia detrás de la historia. Te cuento: Yo trabajaba en Zarumilla (Tumbes). Un lugar complicado por el clima, los zancudos, sus grandes problemas de seguridad. Yo venía de Jazán, en la selva de Amazonas, un lugar maravilloso. Un día un vendedor de cebollas me buscó, y me dijo que quería que yo escribiera la historia de Zarumilla. Yo estaba aturdido por el calor, y aparte de los sucesos de la Guerra del 41, no le veía al lugar mucha historia. Sin embargo, ese tiempo era un patriota, y me insistía. Comencé a buscar en archivos y, entre tantas informaciones, leí una crónica que daba cuenta de la primera llegada de los españoles a Tumbes. En aquel entonces, la ciudad no quedaba donde está ahora. Estaba al otro lado del río, donde está un pueblo llamado Corrales. Ahí están las ruinas del primer asentamiento. Cuando los españoles llegaron, el río estaba crecido, e hicieron balsas para cruzarlo. La población no imaginó que iban a poder pasar. Finalmente, cuando salieron a combatirles, los conquistadores soltaron a sus perros. Allí no servía el arcabuz, ni el caballo. La espada era solo para el combate cuerpo a cuerpo. Había pocos jinetes, y las otras armas requerían un ejército bien formado, con los intervalos para cargar la munición. Y los tumpis, la cultura local, se rindió ante ese demencial ataque. Empecé a mirar hacia atrás y encontré que el perro siempre había estado allí. En las guerras de los egipcios, los griegos, los romanos. En el descubrimiento del río Amazonas, los españoles llevaron dos mil perros. También estuvieron en Cajamarca, en la captura de Atahualpa. Las crónicas dan cuenta del terror que generaban sus ladridos entre los indígenas. Me llamaba la atención tan poco reconocimiento de su presencia.
Para encontrar la identidad de los perros de caza había que bucear en las crónicas.
Están en las crónicas de Betanzos y del padre Bartolomé de las Casas, quien hace descripciones terribles del uso de estos perros. Es él quien relata cómo la guerra con los taínos se genera cuando Nicolás de Obando hace que su perro ataque al cacique. Siempre hay párrafos donde el perro es mencionado como arma.

Uno de los temas que uno encuentra en “Tierra de canes” es la soledad del soldado. Obviamente, tienes una experiencia privilegiada para hablar de eso. ¿Es esta novela un testimonio de tu propia soledad?
Nosotros, los soldados profesionales, siempre nos aferramos a la familia. Es un discurso transversal en el ejército. Pero cuando eres un soldado joven y sin familia, esta sensación de soledad te acompaña siempre. Te hace sentir un aventurero. Y se nota más en los soldados que viajan trechos largos, como los soldados de infantería. Y la soledad siempre está presente, es una acompañante permanente.
Hubo un momento en que Pizarro, luego de fundar Lima, quiso ser rey de todo el territorio conquistado. En tu novela muestras que esta era casi la regla: todo conquistador que lograba poner el pie en un territorio quería reinar sobre él.
Estaban solos, sin control del Estado, a miles de kilómetros de la Metrópoli. Había dos formas de control, el religioso, la idea del pecado que significaba rebelarse ante el Rey; y la segunda: que el brazo armado de la Corona, en algún momento, iba a llegar. Le pasó al mismo Colón. La ausencia de control, la ambición por la tierra, generaba ese comportamiento. Había que ser una persona muy centrada, con formación académica, para pensar de otra manera.
Para la tradición de la novela peruana, lo común habría sido contar la novela en proceso de la conquista de los Incas, con un narrador que tuviera empatía con los vencidos. Sin embargo, aquí sucede todo al revés. El narrador asume la voz del conquistador, Pizarro es absolutamente tangencial, la tierra de los incas es una referencia lejana. El Caribe es el centro de la acción. ¿Escapar de lo convencional fue una decisión consciente?
Sabía que para escribir una novela como ésta tenía que investigar mucho. De hecho, me fui a San Lucas de Barrameda para ver el lugar de donde partían los barcos, antes que Sevilla ocupara el lugar central. También fue un intento por contar una historia que se pueda leer fuera del Perú. Con respecto a la voz del narrador, debe ser porque yo también me siento como ese soldado, que ha viajado a tantos lugares, en un país que ha visto cambiar. Es mi propia voz, la de un hombre que ha recorrido el país por todos lados, siempre sorprendiéndome.
El protagonista es un álter ego tuyo...
De alguna manera, sí. Cuando uno se embarca en una expedición militar, siempre vas pensando en lo que vas a decir después tras esos largos viajes. Los soldados españoles se embarcaban en barcos a merced de huracanes, a punto del naufragio y de ser devorados por tiburones. Para mí esas historias son una lección de resistencia. Como soy soldado, sé perfectamente lo que es cargar peso en largas distancias. Y me ponía en su lugar.
¿Eres muy afecto a los perros?
¡Claro! Tengo a McQueen, mi pastor alemán. Dicen que la gente se parece a sus perros. No me parezco a un pastor alemán, pero me gusta su temperamento. Se acaba de comer un mueble en la casa. Parece que se estresó y lo dejaron solo. Entiendo la fuerza del vínculo. Por cierto, los perros traídos por los españoles eran muy diferentes a los de hoy. Eran más bien parecidos a los actuales dogos. Y eran excepcionalmente grandes. Los animales que comen carne crecen más.
• 25 de julio, 7 pm.
• Auditorio: Clorinda Matto de Turner.
• Participa: José Carlos Yrigoyen y Carlos Enrique Freyre.
• Organiza: Penguin Random House Grupo Editorial.










