
Escucha la noticia
“El Museo de Machu Picchu es una oportunidad perdida”
Resumen generado por Inteligencia Artificial
Accede a esta función exclusiva
Resume las noticias y mantente informado sin interrupciones.
En julio de 2023, el Museo Etnológico de Berlín devolvió una colección de máscaras del pueblo Kogui de Colombia. La institución alemana, que las conservaba desde 1915, mostró una posición esencialista: no quería devolver este patrimonio prehispánico al gobierno, pero sí a la comunidad indígena involucrada. Sin embargo, tras la feliz ceremonia de devolución, los Koguis no las pudieron usar en sus danzas. La comunidad se dio cuenta que las máscaras habían sido por años tratadas en Alemania con productos químicos para garantizar su conservación, y que manipularlas podía resultar peligroso para la piel.
LEE TAMBIÉN | “La gastronomía ha construido un universo de lo peruano en el extranjero”
Este es uno de los ejemplos compilados por el investigador francés Pierre Losson para dar cuenta de las complejidades que marcan los procesos de retorno, repatriación o de restitución patrimonial. Su libro “El Retorno del patrimonio cultural a América Latina” (FCE) se enfoca en experiencias de tres países: Colombia, México y el Perú. Justamente, uno de los capítulos más jugosos tiene que ver con las negociaciones entre el gobierno peruano y la Universidad de Yale para la restitución de los objetos incas sacados de Machu Picchu por el explorador Hiram Bingham entre 1912 y 1916. Un caso cuya resolución resultó más política que judicial.
Universalistas vs. nacionalistas
Se trata de un libro optimista. Losson afirma que, cada vez más, otras instituciones museales, especialmente universitarias, empiezan a abrirse a debatir devolver parte de sus colecciones con orígenes dudosos. Nuevos curadores, más jóvenes, entienden y se ponen de lado de los países demandantes. Sin embargo, -matiza- son los grandes museos los que han frenado esta tendencia. Como ejemplo de cerrazón está el British Museum y su negativa a devolver los frisos del Partenón a Grecia. Sucede lo mismo con los bronces de Benín, que Nigeria reclama al Metropolitan Museum de Nueva York. “Existe todavía en esos museos y en coleccionistas vinculados a esos museos, la idea de que conservan estas colecciones en nombre de la humanidad. Es un discurso universal. Se han autoproclamado defensores del conocimiento por el bien de todo el planeta, sin cuestionamientos”, afirma el experto.

Los grandes museos temen que devolver a un gobierno una pieza específica pueda crear un precedente legal que abra el camino a nuevas demandas. ¿Es eso posible?
No lo creo. Estos casos no están cubiertos por leyes internacionales. Una devolución no supone obligaciones legales para hacer otras. Personalmente, creo que los museos representan una forma de pensar occidental, que considera que una colección es la base de su trabajo. No quiero demonizarlos. Hicieron un trabajo increíble y muchos objetos existen porque estuvieron a su cuidado. Pero hay que repensar esta relación. Como institución de conocimiento, un museo no necesita una colección. Con las facilidades que disponemos hoy para viajar, digitalizar, investigar, los museos pueden trabajar de muchas maneras diferentes. Un proceso descolonizador propone repensar qué tienen, cómo lo cuidan, para qué lo cuidan. Hay que volver a pensar todo esto. Y desde el punto de vista de los países que reclaman sus objetos culturales, creo que no se debería pensar el retorno de estas piezas como el final del camino.
¿Como ves la polémica entre universalistas y nacionalistas. Los que proponen museos con piezas de todo el mundo y los que exigen que este patrimonio debe volver a sus países?
Es un debate que sigue. Y más bien se complejiza. Me interesa ver como los países que reclaman tienen una situación política compleja. En muchos casos, las demandas no vienen del Estado, sino de individuos o grupos interesados. En algún momento, el Estado toma la demanda y se pone de lado de estos actores, aportando legitimidad, normatividad y expertos a la demanda. Por otro lado, un objeto cultural que retorna no necesariamente tiene que ir a un museo. Se puede resocializar, recuperar la función social de ese objeto. Eso supone un cambio de paradigma para quienes trabajan en conservación y en museos. Es un paso muy difícil de dar, pero hace el retorno más interesante.
Tu libro trabaja casos muy concretos de retorno de patrimonio cultural en México, Colombia y Perú, especialmente el juicio que mantuvo nuestro país con la Universidad de Yale. ¿Tras la recuperación, crees que Perú hizo bien las cosas?
Creo que hay varias respuestas para esa pregunta. La negociación fue un éxito. Es notable que un país en que no siempre hay continuidad política, da un ejemplo concreto de cómo una administración puede compartir los objetivos de la anterior, aunque difieran las metodologías. El entonces Instituto Nacional de Cultura tuvo un equipo pequeño y especializado que dio seguimiento al tema. Pero también está la parte política: dos presidentes consecutivos dispuestos a usar su capital político para este objetivo. Por cierto, el gobierno de Estados Unidos había tomado distancia del tema. No respaldó a la universidad y se mostró más favorable al gobierno peruano. Sin embargo, estoy menos convencido del éxito en cuanto al resultado del retorno.
¿Cómo así?
Lejos de crear una nueva dinámica, todo se estancó. Se creó un nuevo museo en el Cusco. La colección en sí no es espectacular, es una colección de investigación. ¿Y quién tiene el control de la colección? ¡Los curadores de Yale! Ellos continúan trabajando con ella. No produjo un impulso en la investigación del Perú. Solo se desplazó de un lado a otro, desafortunadamente. La exposición de las piezas museables es exactamente la misma como era en Yale. En cuanto uno entra al museo, en la primera sala ves a Hiram Bingham excavando Machu Picchu. No se mencionan arqueólogos peruanos. Había potencial para mucho más y no se dio. Es una oportunidad perdida.
¿Cómo ves el futuro de próximas negociaciones?
Se van a dar muchos más casos. Los museos están llenos de objetos que, si no legalmente, su posesión es éticamente indefendible. Hablamos de decenas de miles de piezas en bodegas, que poco a poco van a irse descubriendo. Es un proceso que va a continuar por décadas. Estamos en el momento en que estamos inventando soluciones.










