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Resumen
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Una novela de mil páginas está condenada a ser magnífica. “El principio del mundo” tiene 972 y no lo es.
Una novela de mil páginas está condenada a ser magnífica. “El principio del mundo” tiene 972 y no lo es.
Jeremías Gamboa es un escritor, no cabe duda, representativo dentro del espectro de su generación. Ha publicado tres novelas que procuran plasmar una mirada particular e integral acerca del racismo, la discriminación y otras taras sociales que dan forma a lo que Gonzalo Portocarrero llamó el nudo colonial. Tal empresa ha sido concretada a través de libros ambiciosos, con pretensiones totalizantes y que aspiran a ser muestras de un narrador atento y sensible a las transformaciones, deudas colectivas y frustraciones de su tiempo. Solo después de haber dejado en claro la fe y constancia de un creador dispuesto a ir más allá de la fabricación de artefactos eficientes para construir una postura personal y proyectada a la realidad compleja en la que se debate por medio de una obra de ribetes monumentales, es posible anotar las virtudes de este nuevo libro, pero también sus más gruesos errores y defectos.
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“El principio del mundo” se divide en dos grandes apartados. El primero, “Las aulas azules”, narra el regreso al Perú de Manuel Flores, un hombre de treinta y tres años que ha estudiado en los Estados Unidos durante varios años y vuelve, sin trabajo, sin pareja y sin perspectivas, a la casa materna, para reencontrarse con un pasado de privaciones y humillaciones. Gamboa, a través de una primera persona que hegemoniza su relato, relata los inconvenientes y la terquedad de Flores por superarse dentro de un statu quo donde participa con abiertas desventajas. Por eso Flores resalta sus continuos logros, sus altas notas, su primer puesto dentro de su promoción en la burguesa Universidad de Lima, sus becas y conquistas académicas, así como los entusiastas comentarios de quienes subrayan sus habilidades y su inteligencia.
Esta sección me parece en general fallida por varias razones. Primero, porque la excesiva dilatación de escenas y episodios es en buena medida gratuita y tiene como efecto la distensión de lo narrado, que por momentos linda con el reporte informativo de eventos. Hay tramos muy logrados -como la detención en el parqueo de un supermercado estadounidense o esa bella incursión del Flores niño por el mercado de animales- pero para llegar a ellos hay que remar por páginas y páginas de digresiones, meditaciones innecesarias y detalles atosigantes. Pero mi mayor reparo consiste en la posición de Gamboa frente al destino de su protagonista, idéntica a la de “Contarlo Todo”: ese convencimiento de que la mejor manera de abordar un problema complejo es simplificarlo, evitar el enfrentamiento, incluso la resistencia ante el poder, y acoplarse a él siguiendo fielmente sus reglas y condiciones. Un ejemplo entre muchos es aquel donde Flores debe dar su discurso en la ceremonia de graduación, un discurso airado y trasgresor -tal vez el único amago de rebeldía en esta sección-, pero luego de hacerlo se arrepiente, pues esos chicos blancos y pitucos no lo habían tratado tan mal después de todo: él no había conseguido comprenderlos a tiempo debido a sus declarados “recelos y complejos”.
Ideológicamente tal posición puede ser legítima, pero en lo que cabe a la literatura, la anulación de todo conflicto a lo largo de quinientas páginas es un riesgo muy grande del que Gamboa no sale bien librado. Hay quienes se han referido a esta novela como una “épica literaria conmovedora”, pero eso no es cierto. Northrop Frye definió al héroe épico como el que se sobrepone a los obstáculos de su época, aun teniendo en cuenta que existen fuerzas superiores que lo acechan. Flores no se sobrepone a esos obstáculos lidiando con esas fuerzas, sino aceptándolas, sumiso; sus lágrimas -profusas y continuas- no son las de los valientes héroes griegos, sino aquellas con las que se conduele a sí mismo, esas de quien hace del llanto un agradecimiento por las concesiones de un poder que entrega sus dádivas correspondientes.
En cambio, la segunda parte, “El principio del mundo” resulta muy superior a la primera, porque Flores cede el protagonismo a su madre, Candelaria, una mujer de la sierra, humilde y que arriba a Lima para trabajar como empleada doméstica. Aquí sí que hay conflicto, resistencia al poder y al mismo tiempo una capacidad de conmovernos que alcanza su clímax en ese hermoso y poderosísimo fragmento donde Candelaria conoce el mar: es un momento de acentos mitológicos, redentores y reveladores que debe contarse entre las expresiones más sublimes que nos ha ofrendado la literatura peruana de este siglo. La peregrinación de Candelaria de casa en casa, recibiendo los maltratos y sevicias de sus patrones, nos hace el corazón un puño, nos compromete con sus terribles tribulaciones, porque esta mujer ha sido derrotada por fuerzas muy superiores a ella, pero en ese fracaso hubo una determinación y un orgullo (como cuando responde a los insultos de una de sus amas) que la iluminan, porque la hacen al mismo tiempo insurrecta y santa; Manuel Flores jamás muestra ese carácter, y si lo hace, siempre está atenuado por su propia autoindulgencia y exasperante debilidad.
“El principio del mundo” es víctima de una irregularidad muy pronunciada: una mitad herida por su escasa enjundia se complementa con otra que es, en sí misma, una novela notable, cargada de verdad y emoción. Jeremías Gamboa ha escrito aquí sus más rotundas páginas, sí; el problema es que para llegar a ellas solicita un esfuerzo demasiado severo. Antonio Cisneros solía decir que todo escritor es en realidad dos escritores: el que escribe y el que corrige. El bueno tiene que ser el segundo, sentenciaba el poeta. A estas alturas, Gamboa ya lo debería saber.
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JEREMÍAS GAMBOA. EL PRINCIPIO DEL MUNDO.
Editorial: Alfaguara.
Año: 2025.
Páginas: 972.
Relación con el autor: cordial.
Valoración: 3 estrellas de 5 posibles.










