Explicada aquí no hace tanta gracia, pero una de las escenas más recordadas y comentadas de toda la filmografía de Woody Allen es aquella en la que el propio Allen y Diane Keaton, en “Annie Hall”, mantienen una conversación trivial en un balcón, mientras unos subtítulos nos muestran los verdaderos y más honestos pensamientos de cada uno. En ese desajuste o desincronización podríamos encontrar el núcleo de su obra: la distancia y la oposición entre lo que se dice y lo que se piensa. Entre lo que uno aparenta ser y lo que es realmente. O parafraseando el título de otra de sus películas: todo lo que usted siempre quiso mostrar, pero nunca se atrevió a revelar.
Explicada aquí no hace tanta gracia, pero una de las escenas más recordadas y comentadas de toda la filmografía de Woody Allen es aquella en la que el propio Allen y Diane Keaton, en “Annie Hall”, mantienen una conversación trivial en un balcón, mientras unos subtítulos nos muestran los verdaderos y más honestos pensamientos de cada uno. En ese desajuste o desincronización podríamos encontrar el núcleo de su obra: la distancia y la oposición entre lo que se dice y lo que se piensa. Entre lo que uno aparenta ser y lo que es realmente. O parafraseando el título de otra de sus películas: todo lo que usted siempre quiso mostrar, pero nunca se atrevió a revelar.
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Por supuesto que hay muchas facetas que uno puede destacar en la fantástica filmografía de Allen: el judaísmo que lo marcó desde la infancia, la especial relación que mantuvo con las mujeres, la inspiración que bebe del jazz, las inconfundibles cartas de amor que le dedicó a Nueva York (que años más tarde repitió con Londres, Barcelona, París y Roma, pero nunca como en Nueva York), sus fobias y manías, su ingeniosa verborrea, y más. Pero transversalmente a todas ellas está el desajuste, ese bendito desajuste.
Que está, por ejemplo, en las farsas camaleónicas de “Zelig”, presentadas como un falso documental. Y también está en los enredos amorosos de la hermosa “Manhattan”, donde nos reímos de las poses intelectuales de un grupo de ‘snobs’, pero también nos conmovemos por las inseguridades y apariencias que definen sus vidas de forma irremediable. Y está en las historias casi míticas en torno al protagonista de “Broadway Danny Rose”, en la cadena de engaños que marcan a los personajes de “Hannah y sus hermanas”, en las retorcidas mentiras de “Match Point”, y podríamos seguir contando.
Y que podríamos extrapolar, cómo no, a su propia y accidentada vida personal: ¿cuál es la verdad en la denuncia por supuestos abusos que la actriz Mia Farrow, su expareja, lanzó contra él (y de los que la justicia lo absolvió, pero no así la opinión pública)? ¿Qué clase de indignación o de prejuicio o de hipocresía le impide al mundo entender el matrimonio de Allen con Soon-Yi Previn, la hija adoptiva de Farrow? Preguntas incómodas y respuestas que, seguramente, nunca terminarán de satisfacer a nadie. Y mientras otra vez surgirá la cuestión de si es posible separar a la obra de su autor (otra pregunta en torno a la que nadie se pone nunca de acuerdo), tal vez sea más conveniente volver al cine de Woody, acercarse bien a él, mirarlo con enormes gafas de aumento, y entrar al juego paradójico de lo que nos dice y lo que en verdad nos quiere decir. Que muchas veces habla menos de él que de nosotros mismos. Ojalá la vida viniera con subtítulos.
Además…
Sepa más
Woody Allen presentó este año su primera novela, “¿Qué pasa con Baum?”, sobre las desventuras de un neurótico judío.
En octubre último, Allen publicó una emotiva columna dedicada a su expareja y actriz habitual, Diane Keaton, fallecida a los 79 años. “Su risa radiante aún resuena en mi cabeza”, escribió.