Resumen

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La verdadera historia del ‘padre vengador’ de Villa El Salvador
La verdadera historia del ‘padre vengador’ de Villa El Salvador
Por Enrique Vera

Quién sabe si este hombre de mirada enrojecida y expresión contrita iba a acribillar por fin sus demonios la noche del domingo. Qué humanidad fulminada por el vil asesinato de un hijo podría ser inmune a los instintos de desesperación, o cómo logra acallarlos en cinco meses de negaciones y vacíos.

, piurano de 43 años, vive en el segundo piso de una roída casa con techo de madera, en Villa El Salvador. El primer ambiente del inmueble es un cuarto donde varios muñecos de peluche y pijamas de niño lucen ordenados sobre una cama de plaza y media. Al costado, en una mesa bajita, tres fotografías de un colegial sonriente rodean la Sagrada Biblia e hileras de cirios. Una suerte de altar que también alberga a otros juguetes, una caja pequeña con tres piedras, y pelotas donde alguien ha intentado replicar la imagen del mismo menor. Aquel era Matías, el hijo de Eliobaldo que fue asesinado en noviembre, y este, el lugar donde dormía.

De aquí, Berrú salió hace seis días, minutos antes de las 8 p.m. Había participado del cumpleaños de su hermano, en el primer piso del predio, y quiso comprar comida ante los primeros síntomas de ebriedad. Tomó su billetera, besó una foto de su hijo y se encajó un chaleco. Quedó viéndose en el espejo de frente y de perfil. El rostro adusto, intentó imitar las posturas de un curtido policía de investigaciones. Para eso cogió un canguro donde guardaba el arma que hace más de 10 años usaba en su oficio de seguridad personal, y se la cruzó al pecho. Posó distendido. “Así me veo mejor”, “así me veo mejor”.

A dos cuadras de su vivienda, un agente del Escuadrón de Emergencias ordenó detenerse al mototaxista que lo llevaba. Eliobaldo no recuerda si antes de subir al vehículo hizo algo que alarmara a la patrulla. Solo que lo bajaron de inmediato pues no pudo justificar por qué llevaba en el canguro su revolver Taurus cañón corto y seis municiones. Camino a la comisaría, Berrú explicó que había comprado el arma en el 2003 por trabajo. Y que no renovó la licencia porque su labor cambió de rubro. Nadie lo miraba por su evidente embriaguez dentro de la unidad policial, hasta que una frase atroz turbó a los uniformados: “A mi hijito lo mataron en un descampado de Lurín y no han hecho nada”.

Esa misma noche fue presentado a la prensa ante la desesperación de su esposa, la técnica de enfermería Felicita Aponte. La mujer gritó que Eliobaldo Berrú vivía una situación extrema porque ya nadie seguía las pesquisas para dar con los depravados que hace cinco meses violaron y torturaron hasta matar a su pequeño de 9 años. En su aturdimiento, Felicita reveló además que cada noche Eliobaldo salía en busca de los asesinos para hacer justicia con sus manos. Él asegurará a El Comercio, tras ser liberado, que más bien se había hecho del brío de un agente de inteligencia para saber quiénes fueron los culpables y sindicarlos. La delgada diferencia entre ambas posibilidades, sin embargo, permite suponer el dolor más crudo de la injusticia.

MUERTE EN LA INOCENCIA
Son las siete de la noche y en la loza deportiva de la manzana G, grupo 4, de Villa El Salvador, las siluetas de los niños uniformados que regresan del colegio y juegan con otros de ropa casera, empiezan a perderse. La débil luz ámbar de los postes apenas ilumina la calle principal y contrasta a la penumbra de dos construcciones abandonadas, muy cerca del espacio donde están los chicos. Eliobaldo Berrú, quien hace un día ha recuperado su libertad, señala allí el suelo lleno de ketes de PBC y pacos de marihuana ya quemados. Es el fumadero más próximo a su casa, ubicada a unos 50 metros. Las familias vecinas deben guiarse por el bullicio de sus hijos, mientras corren y brincan, para saber que ellos están bien.

El lunes 16 de noviembre del 2015, casi a esta misma hora, Matías desapareció. Sus amigos de pronto lo perdieron de vista en la noche espesa, y cuando Felicita llegó de su trabajo a buscarlo, todo entró en confusión. El vértigo de angustia, al recordar, talla un rictus de terror en Eliobaldo. Con esfuerzo, disimula también una mueca indescifrable que lo hace parecer como si maldijera todo el tiempo hacia su interior. Habla y se levanta, automatizado. Llama por teléfono varias veces y no obtiene respuesta. Entonces, toma aire en su ventana cogiéndose fuerte la cabeza y vuelve. Pasarán al menos 20 minutos en su intento por destrabarse. Y aún en la soledad de esa habitación cargada del espíritu de su niño, aquello será imposible.

Los primeros indicios sobre el paradero de Matías salieron de boca de un adolescente de 17 años al que Felícita Aponte había pillado varias veces enfrentando a su hijo. Berrú cuenta que, al filo de la medianoche, en medio de las correrías por encontrarlo, su esposa inquirió al muchacho y este le contestó de forma grosera que no sabía nada. Sin embargo, durante la madrugada se unió al grupo de búsqueda que los vecinos habían conformado y dijo que a Matías lo tenían en un fumadero llamado ‘La Chacra’. Cuando furiosos hombres y mujeres allegados al niño se dirigían al punto provistos de palos, el sospechoso torció la dirección hacia otro descampado. La familia no descansó toda la noche.

El martes 17, Felicita estaba insomne en el paradero de la avenida Pastor Sevilla para llevar a un canal de TV los anuncios de ‘niño desaparecido’ que la Policía ya había certificado. Desde una camioneta en movimiento, Eliobaldo la llamó y le pidió que lo acompañara a la Divincri del distrito. Quien conducía el vehículo era un compadre de Berrú al que el comandante a cargo había informado sobre el hallazgo de un menor asesinado en las ruinas de Pachacamác. Los padres comprobarían en la media hora siguiente, a través de unas fotografías mostradas por el oficial, que era el cuerpo maltrecho de Matías.

La devastada pareja recién ingresaba a una lentísima agonía interior. En los pasillos de la morgue, una asistente del médico forense se quebró frente a Eliobaldo cuando este se identificó. Antes de permitirle ver el cuerpo, le informaron que el niño había perecido por las pedradas y el ultraje del que fue víctima. Apenas Berrú tuvo al frente a Matías, advirtió que yacía de costado y que tenía una mano muy dañada. Pensó de inmediato que el pequeño se había protegido hasta donde pudo. Quiso despedirse dándole un beso, pero un hombre lo apuraba con absoluta indolencia. “¿Es su hijo o no?” “¿Es su hijo o no?”. Cuando consiguió acercarse, vio con estupor que el lado del menor que trataron de ocultarle estaba lacerado.

Nada ha borrado hasta hoy esa imagen de la mente de Berrú. A su trabajo, en el Mercado de Frutas, asistía medicado durante los tres primeros meses después de la tragedia. Así también emprendió cada noche una cruzada personal para encontrar a los salvajes homicidas. Rápido, obtuvo el video de una cámara de seguridad donde Matías aparece a cinco cuadras de su casa dando botes a una pelota, mientras camina en dirección hacia el primer descampado que el sospechoso de 17 años señaló la noche de la búsqueda. Detrás del niño va un joven de apariencia delictiva que parece guiarlo.

Eliobaldo dice que pasó largas noches infiltrándose en los fumaderos del sector donde vive para saber quién era el sujeto del video. En sus primeras correrías creyó haber encontrado las piedras con que atacaron a Matías, y algunas hoy están dentro de la cajita puesta en el espacio de veneración al niño. Cuando la inacción policial era desbordante, asegura, dio con el supuesto responsable en ‘La Chacra’ y logró que este sea capturado. Además, su esposa denunció al adolescente que torció el rumbo del grupo que iba en busca del pequeño cuando aún podía ser rescatado.

Al primero, identificado como Danilo Tapuyima Loayza, la Policía lo excarceló 15 días después por falta de pruebas. El otro fue llamado a declarar y se defendió arguyendo que un primo suyo soñó a Matías en poder de unos delincuentes en el lugar que indicó, la misma noche de su desaparición. Que por eso se unió a los vecinos que indagaban y solo lanzó una pista. Ambos casos quedaron en el archivo y la frustración para Berrú, entonces, se tornó descomunal.

La noche en que cayó armado, Eliobaldo estaba ebrio. En la Divincri de Villa El Salvador sostienen que esa era su condición frecuente y la desgracia del pequeño Matías fue un acto de venganza contra él por un tema vinculado al consumo y venta de drogas. El jefe de ese departamento policial dijo a este Diario que de no haberse concretado a tiempo el arresto del desesperado padre, algún asalto o muerte pudo producirse. Berrú no tiene antecedentes policiales ni penales, y aduce que en un rapto de enajenación guardó el revólver y salió. Que no anda en busca de nadie para matar, sino para encontrar y enrostrar a la Policía su desdén. Quién lo sabe hoy sino su demolida razón.

Hace poco, Eliobaldo empezó con lo que parece un extraño ejercicio de autoconsuelo. Mira hacia la avenida por las tardes cuando los niños del colegio de Matías regresan a sus casas, y lo imagina en situaciones distintas. Él podría llegar corriendo para mostrarle los nuevos juguetes que hizo con palitos para helado. O por qué no, cogido del brazo de un policía que lo ha encontrado. Frente a Berrú, el agente preguntaría al niño si era en verdad su padre, si lo reconoce. Habrían de pasar algunos segundos para que lo oprimiera contra su pecho y le dijera al oído que han despertado juntos de una larga pesadilla. Solo así quizá podría cambiarse el luto que lleva en el alma, y parar al fin de morir un poco cada día.

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