Por Javier Zapata

No fue un concierto, sino una peregrinación de más de 40.000 almas. Cientos de polos negros con pistolas y rosas, crucifijos con melenudas calaveras, algunos nuevos, otros preservados por tres décadas, colmaban los alrededores del estadio de la Universidad San Marcos desde muy temprano del sábado 8. Ese recinto que hace meses congregó a jóvenes rindiendo su examen de ingreso, ahora se yergue como el paraíso del rock duro y puro, salvaje, sudoroso. Hazaña de One Entertainment la de traer a Guns N’ Roses dos años de la suspensión de su concierto en Lima por la pandemia de COVID-19.