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Conductores suicidas
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La forma más segura de salir del aeropuerto es tomar un taxi formal, de los que esperan al pasajero antes de que lo reciba el caótico tránsito limeño. De vuelta a Lima, hace dos días, me toca un conductor amable, conversador. Lleva una simpática corbata de tonos encendidos y, mantiene suspendidos del cuello por un cordón, varios carnets que aseguran que se trata de un piloto experimentado. Una vez en el auto, me resume los peligros de manejar en esta ciudad a las 7:30 de la noche: “La avenida Faucett es un manicomio sobre ruedas”. Dos cuadras más allá, chocamos. El segundo que le dedica al Waze es suficiente para que un colectivo informal meta la trompa en los centímetros que nos separan de la camioneta que va adelante. Los dos autos quedan cruzados, en medio del endemoniado chillar de bocinas y maldiciones, a las 7:34 de la noche, un día de semana.
Cuando se abren las puertas del colectivo empieza lo mejor. Por las posteriores y la del copiloto salen disparados los pasajeros, que se pierden caracoleando el tránsito. De la cuarta, la del piloto, aparece algo semejante a un enorme tambor, un tipo gritón, achorado, lenguaraz, que, mientras dramatiza, hace que el experimentado piloto se consuma, asustado, hasta reducirse a un lapicito con corbata.
¿Y ahora?
Ahí, en medio de la avenida, arranca una discusión memorable. Entre insultos, temeridades, derechos y dislates, el asunto sigue este cauce: el lapicito reclama que el tambor se había salido de su carril. Es verdad. El tambor alega que el lapicito estaba distraído viendo su celular. También es verdad. El lapicito toma aire, le devuelve la estocada diciendo que fue solo un segundo, que no era razón para que el tambor se saliera del carril sin poner la direccional. Remata con un “¡Vamos a la comisaría!”. La exhortación viene garantizada por normas y reglamentos. Para el otro es como recibir un baño de kerosene. Luego de una carcajada, su respuesta se concentra —palabras más, palabras menos— en “Oye pedazo de…, esto es Lima, Perú, no Europa, no es Nueva York. Si veo un espacio lo aprovecho, no soy un h… como tú, que pierde plata esperando sentado. Además, la comisaría no es gratis. ¿Y vas a botar tiempo con lo del dosaje? ¡Yo no! ¡Dame 50 lucas y te vas tranquilo!”.
La prepotencia del tambor cambia el foco. Adiós comisaría. Adiós normas. Todo se reduce a cuánto está dispuesto a aceptar el conductor informal para que el formal pueda seguir con el servicio ya pagado. Con 20 soles zanjan un lío de media hora. Ambos choferes siguen su camino, otra vez tranquilos. Asunto resuelto y olvidado.
¿Quién ganó? ¿Quién perdió?
Es la historia de todos los días. Cambian los personajes, los lugares, las horas, pero el guion se reproduce, con variantes, a lo largo y ancho del país.
Hago un paréntesis. Si nos pidieran señalar cinco logros relevantes del último lustro, los que más nos llenan de orgullo como peruanos, ¿cuáles mencionaríamos? Solo cinco. La relativa estabilidad económica y algunas actividades asociadas podrían colarse en la lista. Pero llenar los cinco puestos es difícil. Ganan los problemas y el retroceso. Viendo hacia atrás hay, por cierto, hechos y fenómenos nuevos. Mejor dicho: son nuevos si vemos la magnitud y complejidad que han alcanzado, pero no lo son en tanto que se han acumulado y fortalecido con el tiempo hasta ocupar espacios que antes permanecían salvaguardados. Pienso en la minería ilegal y la inseguridad ciudadana. No son los únicos. También pienso en uno vinculado con la historia anterior: hemos perdido un elemental sentido de convivencia.
Son problemas múltiples que, por su naturaleza, escapan de las recetas que reducen las soluciones a la presencia militar, a más leyes y mano dura. Hasta este momento, no sabemos qué piensan hacer, para devolvernos la paz, quienes aspiran a competir en las elecciones. No parecen convencidos de escuchar a los expertos y a quienes llevan años estudiando los fenómenos que hoy parecen desbordarse. Ninguno de los candidatos habla de algo sencillo y, a la vez, complejo, que necesitamos con urgencia: convivir, respetarnos, dialogar.
La anécdota del choque entre el formal y el informal es la demostración de que los problemas que nos quitan la tranquilidad han ganado hondura y extensión. Evidencia, además, una dimensión muy delicada: las fracturas y las pérdidas han calado en la vida diaria y en la manera de vernos, de actuar y entender el espacio común.
Mientras recuerdo el choque, me pregunto si los conductores sabían desde el principio cómo iba a terminar la discusión, aunque no supieran el monto del acuerdo. Es muy probable que sí, porque ahora es lo normal, ¿o no?

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