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De vuelta a la verde Irlanda
“Fui testigo presencial de que, a pesar de la debacle moral que tanto duele, algunas instituciones tutelares aún funcionan”.
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Historiadora
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“Cómo me gustaría estar allá contigo, mamamama”, me escribió Juliana luego de que le enviara una serie de fotos de mi último viaje a Irlanda. Y, como usualmente sucede en nuestra entrañable relación, el dulce deseo de mi nieta mayor coincidió totalmente con el mío. La razón es que este viaje a la llamada isla Esmeralda, que marcó el fin de mi año sabático, fue, parafraseando a Georgia O’Keeffe, un reencuentro estival conmigo misma luego de un largo y doloroso duelo. El dejar de lado, al menos por un par de semanas, un sinnúmero de obligaciones, olvidándome de los temidos “pendientes”, me ha permitido, además, mirar la vida en su admirable belleza y generosidad.
Mi viaje, con una compañera del colegio, punteña como yo, significó el retorno a mis raíces sembradas en un lugar mágico, pero a la vez marcado por la invasión, la muerte, el desarraigo y la desolación. Fue desde esa isla de 70,000 kilómetros cuadrados, ahora con una infraestructura ferroviaria fantástica, un mundo rural vibrante, una apuesta por preservar su lengua natal y una saga de infinita resiliencia, de donde mis bisabuelos partieron hacia el Perú. Tomás y Martha huían de la hambruna pero también de la explotación de un imperio que, como el británico, no mostró piedad alguna hacia las miles de madres que, con sus hijos en brazos, suplicaban por una migaja que les permitiera sobrevivir un peregrinaje trágico hacia las fauces de la muerte.
La República de Irlanda es un ejemplo de una nación que logró remontar, con inteligencia, trabajo y respeto por su legado histórico, un desafío político, social y económico inconmensurable. Y aunque ahora sufre los estragos de la crisis que embarga a toda Europa, su dirigencia, forjada en la brutal guerra de independencia, fue capaz de construir una institucionalidad, un sistema de educación pública y un orgullo por lo propio que la sostiene a lo largo de este tormentoso tránsito planetario. Cada ciudad irlandesa que recorrí, desde Dublín hasta Dingle, pasando por las islas de Arán hasta llegar a Limerick o el bello Cork de los castillos y las grutas druidas, da testimonio de una autonomía enmarcada en una unidad cultural que los nombres en gaélico, desperdigados por su bellísima geografía, evidencian.
El respeto por la naturaleza, que se nota en cada parque público y en cada tesoro natural intangible, como es el caso de los impresionantes acantilados de Moher, sorprende en una era donde la depredación del medio ambiente se ha normalizado. Es tal vez la tradición celta del culto a los árboles, en especial al roble, la que ha marcado esa necesidad de armonizar al hombre con su entorno, que nuestras comunidades altoandinas aún defienden enfrentándose, en comparación, a una rapacidad brutal.
Entiendo que es difícil pretender un cambio radical como el ocurrido en Irlanda en el Perú actual, donde un niño, con seis soles en la mano, negocia con un desalmado por su vida o donde la presidenta se preocupa más del hermano “ejemplar” que de nuestros archivos centenarios o de celebrar como corresponde la incorporación de Tacna al seno de la República peruana. Sin embargo, en Irlanda fui testigo presencial de que, a pesar de la debacle moral que tanto duele, algunas instituciones tutelares aún funcionan, dotando al Perú de la dignidad y la continuidad histórica que su grandeza cultural merece. Dicen que, cuando los seres humanos dejan el mundo, pasan por sus mentes una serie de fotografías de los momentos memorables que vivieron. Una de las mías será, sin lugar a dudas, este viaje a Irlanda, pero en especial mi visita a la embajada que tuve el gran honor de abrir para nuestro país hace ya siete años. En mi entrañable conversación con el actual embajador Jaime Cacho Souza sobre el Perú, sus problemas y sus posibilidades, nos acompañaron dos compatriotas destacadas, pero también el benevolente espíritu de nuestro extraordinario canciller Carlos García Bedoya, cuya sala dedicada a su memoria inauguré durante mi tiempo de servicio en Dublín. Me llenó de alegría y esperanza el encuentro cívico y respetuoso entre dos servidores públicos que, luego de varios años, analizaron juntos los avances del Perú en la escena internacional; avances en humanidad y riqueza cultural que ninguna ambición desmedida ni mucho menos el desprecio por una república fundada por hombres de buena fe podrán detener.
OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.









