Un presidente de la República no está exento de la posibilidad de cometer errores o alguna, incluso, metida de pata. Finalmente, más allá de lo que les hacen creer algunos aduladores que siempre existen, son seres humanos.
El tema no es la posibilidad de cometer errores, el asunto es cómo enfrentan la situación cuando estos se ponen al descubierto.
Un presidente tiene el deber de siempre decir la verdad y, por ello, aunque esta sea dura, debe hablar con claridad y sinceridad. Si no lo hace, es que no entiende el honor al que ha llegado; no comprende lo que representa personificar a la nación.
Pero, además de ello, si no sincera la situación, corre el alto riesgo de que lo que pudo ser un error sea percibido como algo mayor y que se pierda el principal activo que tiene un político: la confianza; porque crear confianza cuesta y toma tiempo, pero perderla puede ser cosa de minutos.
Claro que lo que los peruanos hemos tenido, y que ha merecido la vacancia de quienes ejercían la presidencia –y que ahora apartó a José Jerí del cargo–, no han sido simples errores, han ido más allá de eso. Sin embargo, quisiera resaltar las excusas más rocambolescas que hemos escuchado en ese afán de querer engañar y disfrazar aquello que todos vimos.
Empezaré por la excusa que el exparlamentario Alberto Kuori expresó frente a la difusión del video en el que recibía dinero, contante y sonante, por parte de Vladimiro Montesinos: “¡Esa plata es para comprar un camioncito y repartir pescado!”. Huelgan mayores comentarios y terminó condenado a seis años de prisión.
No es menor la que con cinismo expresó Martín Vizcarra cuando se descubrió que, mientras no había vacunas en el Perú de su presidencia, él y su familia –hermano incluido– se vacunaron a escondidas; algo así como si el capitán de un barco en peligro fuese el primero en subirse a los botes salvavidas. Pero la excusa fue de campeonato: “¡Soy voluntario de un programa que busca experimentar para salvar vidas! ¡Arriesgo mi vida para buscar una solución!”. Es decir, pretendió que creyésemos que era una suerte de Daniel Alcides Carrión.
Ni qué decir de Dina Boluarte con el tema de las joyas y relojes, que decía que eran viejitos y fruto de su esfuerzo de toda la vida; incluso llegó a mostrar una antigua cajita de cartón de una conocida marca de bisutería. Cuando se constató el diseño de los relojes y joyas, todo se derrumbó, pese a los esfuerzos que muchos hicieron desde el Congreso para tratar de sostenerla.
Otro caso de antología fue el de Alejandro Toledo cuando se descubrieron, gracias a la denuncia que hizo un corredor de propiedades al que no quiso pagarle sus honorarios, los inmuebles que estaba comprando y las cuentas que tenía a nombre de Ecoteva.
Con absoluto desparpajo dijo que era dinero de su suegra, que había sido indemnizada por haber sido una de las víctimas del nazismo. Luego señaló que eran préstamos de su amigo, ya fallecido, el empresario Josef Maiman. En medio del ridículo, hubo incluso quien con cinismo extremo acusó a todos aquellos que interrogaban por el tema de ser unos ignorantes en “¡ingeniería financiera!”.
La verdad es que los niveles de justificación de algunos sobones a la carta son de Ripley.
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