Respuestas/ OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.
Yo soy tan especial
“En los últimos años se percibe en el Perú una desvergüenza cada vez más obvia en la búsqueda de privilegios”.
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Director del Instituto Peruano de Economía (IPE)
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Todos somos muy especiales. Al menos eso es lo que cualquier madre cariñosa nos debió haber dicho cuando niños. El problema es que varios se lo creyeron.
Todos somos muy especiales. Al menos eso es lo que cualquier madre cariñosa nos debió haber dicho cuando niños. El problema es que varios se lo creyeron.
En los últimos años se percibe en el Perú una desvergüenza cada vez más obvia en la búsqueda de privilegios. Los principios de cancha pareja, reglas claras, predictibilidad y justicia son, en esta visión, para los inocentes, dogmáticos o teóricos. Aquí, en el mundo real, dicen, manda la ley del más fuerte, del que mejor se mueve, del que mejor presiona, y si se puede jalar toda el agua para mi molino, pues que los demás busquen otro río. Yo me lo merezco.
Por supuesto, la búsqueda del beneficio propio no es negativa de por sí, ni es nueva. Todo lo contrario. La magia de la economía de mercado es que los incentivos para hacer más dinero están alineados con la posibilidad de resolver mejor las necesidades e intereses del resto. Y lo natural es que cada persona –sea estudiante, doctor, obrero o burócrata– vele por su propio interés. Es en ese proceso, a veces convulso y friccionado, que las sociedades prosperan.
¿Cómo se resuelven entonces los conflictos cuando hay intereses opuestos? Con un marco institucional, claro, justo y parejo. Uno puede defender sus intereses, y a la vez respetar que hay reglas –escritas y no escritas– que ponen un límite de hasta dónde se debe jalar la pita. De hecho, es lo mínimo que se espera de la convivencia en democracia.
Pero no es eso lo que vemos, por ejemplo, cuando miles de mineros informales presionan al Congreso y Ejecutivo para mantener una posición privilegiada, exenta de los controles y compromisos operativos, ambientales, laborales o tributarios que sí se aplican a todo el resto de los mineros. Ellos son de minería ancestral, milenaria, así que su mercurio seguramente contamina menos. De paso –piden– el Estado debería también comprarles el mineral de origen dudoso, ¡faltaba más!
Tampoco se cumple el marco institucional cuando Petro-Perú pierde la vergüenza de seguir pidiendo dinero a los contribuyentes a cambio de nada. Mientras que el resto de las empresas debe operar bajo su cuenta y riesgo, la petrolera estatal usa al fisco de cajero explícito e implícito. En años anteriores tenían la excusa de que las enormes deudas y los malos manejos se iban a pagar por sí solos cuando empiece a funcionar la refinería de Talara. Eso siempre fue mentira, pero por lo menos estaba la dignidad de la autosuficiencia en su discurso. Ahora ni eso. Pero como son “empresa estratégica”, merecen por supuesto un trato especial.
La presidenta Dina Boluarte, que no se ha querido quedar atrás en esta feria del sálvese quien pueda, aprovechó el momento para aprobarse un aumento salarial (el sueldo de la Presidencia de la República debía subirse, pero lo correcto y decoroso hubiese sido aprobarlo ahora para que entre en efecto recién en agosto del 2026). Ella, seguro, también lo merece.
El Congreso hace lo suyo en este campo. Reparte, por ejemplo, más de S/276 millones al año en pagos extras a sus trabajadores. El líder del Sindicato de Trabajadores del Congreso dijo que los más de S/80.000 adicionales por trabajador al año están bien justificados porque no les pagan horas extras [y] “porque el trabajador del Congreso tiene que capacitarse constantemente”. El resto de trabajadores del país, se infiere, no tiene que hacerlo. Y para repartir bonos, obras, nombramientos y favores entre los grupos de interés del hemiciclo –desde docentes hasta municipios amigos– son los primeros en encontrar la excepcionalidad que lo justifica.
El sector privado tampoco se queda atrás, y aquí lo más popular es pedir una manita tributaria porque mi sector, lógicamente, es muy especial. El agro merece pagar la mitad de Impuesto a la Renta que el resto de mortales, porque se desarrolla en zonas rurales con poco acceso a servicios (¿aplicaría también a toda actividad fuera de ciudades?). Los exportadores no tradicionales son el único bastión del valor agregado, así que para ellos un regalo de los contribuyentes llamado ‘drawback’. Los restaurantes generan empleo (¿qué sector no lo hace?) y nos llenan de orgullo con su lomo saltado de talla internacional; para ellos, 10 puntos menos de IGV. Y ya que estamos en eso, ¿a quién no le gusta que más turistas se maravillen con nuestra cocina y cultura? Por eso, la nueva Ley General de Turismo está ahí, para regalarles más impuestos de todos los peruanos a través de las zonas especiales de desarrollo turístico (ZEDT). No olvidar, finalmente, la importancia –siempre “estratégica”– de las zonas económicas especiales privadas (ZEEP), con cero de Impuesto a la Renta por los primeros cinco años. Si hasta tienen “especial” en su nombre, ¿acaso no es obvio que deberíamos inclinar la cancha a su favor?
Los ejemplos siguen, pero el punto está claro. Cada uno va por la suya. Y si todos lo están haciendo, pues es más justificable que yo lo haga porque, si no, me quedo atrás, ¿no? Así, mientras más se erosiona el sistema, más fácil es hacer las siguientes perforaciones. En parte porque la ruta operativa está más clara, en parte porque se pierde la vergüenza.
Aquí la paradoja es que, cuando los intereses compiten dentro de un marco institucional ordenado, la sociedad progresa; pero cuando jalan cada uno para su lado, fuera de un sistema legítimo, el sistema se desmorona pieza por pieza. Tomadas individualmente, ninguna de estas políticas es crítica. Tomadas en conjunto, sin embargo, apuntan a un cúmulo de excepciones que, si no nos cuidamos, podría empezar a recordar los privilegios y distorsiones de la política económica del Perú durante los años setenta y ochenta. Todos luchan por poner su mano en bolsillo ajeno, pero no notan que al mismo tiempo hay otros poniendo la suya en tu pantalón.
Aunque parezca poco intuitivo, a largo plazo lo que funciona mejor es la disciplina de la cancha pareja, la predictibilidad y limitar al mínimo las excepciones y privilegios que no estén basadas en criterios elementales de justicia, externalidades o ayuda a los más vulnerables. Es lo que permite a los países evitar riesgos fiscales, mejorar su gobernanza, ordenar su territorio, y encontrar aquella actividad económica en la que puede ser más competitivo. Cierra también espacios a la corrupción y al compadrazgo. En economía y regulación, en la simplicidad hay poder. Es parte de lo que funcionó en los años noventa. Pero para eso se necesita también autorregulación y sentido de bien común.
Cada ministerio, funcionario, empresa o sector puede sentir que es especial, y encontrará la manera de justificarlo. Pero eso no lo hace realidad ni lo hace merecedor de privilegios. Contrario a lo que le haya dicho su cariñosa madre.
OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.









