La historia nos enseña que reconstruir un país desde sus ruinas es –incluso para los Estados Unidos– un reto titánico, a los que el éxito les ha sido esquivo en los últimos tiempos (recordemos Iraq y Afganistán).
Creo que algo similar podría repetirse en una Venezuela con economías criminales inmensamente poderosas con cientos de miles de civiles armados por el régimen, y producirse una nueva huida masiva de venezolanos.
Sin consultar con nadie, Donald Trump decidió que iba a “gobernar” Venezuela y ha agregado que será por años y de la mano de las ahora obsecuentes estructuras criminales que formalmente siguen detentando el poder. Una decisión desastrosa, propia de un hombre no apto para gobernar ningún país, menos aún la primera potencia del mundo, y más todavía en una época extremadamente convulsionada que requeriría la serenidad de un equilibrista y no la capacidad destructiva de un elefante en una cristalería.
Sostiene que las Américas son “sus” Américas y que en “su hemisferio” tiene que garantizar una hegemonía absoluta. Amenazó a Petro con ser el siguiente, pero este lo leyó mejor que el tirano del otro país llanero y lo aduló, con lo cual se ganó visita a la Casa Blanca, pero Trump podría cambiar mañana e ir de nuevo por el ultraizquierdista.
Esto último tiene un impacto especial para nosotros porque coloca la amenaza en la frontera y porque tenemos elecciones a la vista y estará empeñado en que una candidatura de su entero gusto gane la presidencia.
Ya lo ha logrado en Argentina y Honduras. Aquí, si las elecciones fueran hoy y se preguntara si votaría por alguien promovido por Trump, pienso que quien fuese ganaría. La idea de que los estadounidenses se hagan cargo del país ya era frecuente en las bromas de mi juventud: les declarábamos la guerra para que nos derroten en dos días, nos invadan y nos salven. Estoy convencido de que ese pensamiento sigue latente entre los más desfavorecidos, lo que sienten que el Estado no ha hecho nada por ellos y que a través de amigos y parientes que llegaron allá con gran sacrificio, ven a EE.UU. como la tierra prometida y, si la traen para acá, cuánto mejor.
Sin embargo, las elecciones serán dentro de tres meses y la decisiva segunda vuelta, en cinco. No hay que ser muy versado para darse cuenta de que, para entonces –y me produce muchísima tristeza, porque los venezolanos ya han sufrido demasiado–, “gobernada por Trump”, estará peor que ahora.
Para empezar, porque a Trump el Cártel de los Soles le importa dos centavos, si se trata de indultar –porque le cae simpático– a un expresidente hondureño condenado por la justicia de los Estados Unidos por narcotráfico, el daño que esas drogas causaron a sus conciudadanos le resulta indiferente. En síntesis, quienes esperaban a María Corina se quedaron con Delcy y sus secuaces.
Los actores políticos de la región, incluidos los candidatos, se han polarizado. Los de extrema izquierda defienden a uno de los peores dictadores de la historia de América Latina y denuncian a Trump. Los de extrema derecha, focalizándose únicamente en la bienvenida captura de uno de los peores dictadores latinoamericanos en décadas, saltan con garrocha que se ha violado de la peor manera el derecho internacional (por cierto, en el nuevo desorden mundial también podríamos estar en la lista, si lo que aquí ocurre no le gusta al propietario; baste mencionar Chancay).
Me temo que, en ambos polos, la democracia y los derechos humanos importan menos que un cuarto de litro de petróleo.
Ojo: no se puede descartar que, dado lo explicado, dentro de cinco meses se observen conductas electorales opuestas a las que hoy serían ampliamente mayoritarias.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.