El protagonismo femenino en el mercado inmobiliario limeño ha alcanzado una cifra histórica: el 42% de las nuevas inversiones inmobiliarias fueron realizadas por mujeres durante 2024 y 2025. Esta cifra representa un cambio profundo en la forma en que las mujeres estamos participando en la construcción del futuro económico de nuestra ciudad. Hace 20 años, cuando comencé en este rubro, esa cifra parecía inalcanzable. Hoy, representa una realidad que consolida la independencia financiera femenina como una fuerza transformadora del mercado.
No es casualidad que cada vez más mujeres estemos apostando por el sector inmobiliario. Este sigue siendo un refugio sólido frente a la incertidumbre económica, pero, además, es una forma de inversión con propósito de cara al bienestar de las familias y comunidades. Invertimos pensando en estabilidad, bienestar y legado. Por eso, cuando elegimos un inmueble, priorizamos más que la rentabilidad: valoramos la seguridad, la accesibilidad, la cercanía a servicios, las áreas verdes y la conectividad. En otras palabras, nuestras decisiones están moldeando nuevas tendencias en el mercado, orientadas al bienestar integral y a la sostenibilidad de los espacios urbanos.
Después de más de dos décadas de experiencia, puedo afirmar que invertir no depende solo del dinero disponible, sino del conocimiento y la visión. Por eso creo que es momento de que las instituciones financieras, las promotoras y los agentes del sector reconozcan a la mujer no solo como consumidora final, sino como un actor económico estratégico. Diseñar productos financieros con enfoque de género, promover programas de educación patrimonial y crear redes de inversión inclusivas no es una concesión simbólica, sino una decisión económica inteligente y una tarea pendiente.
El 42% actual no debe verse como una meta alcanzada, sino como una señal de madurez del mercado. A medida en que más mujeres tomen decisiones informadas de inversión, el sector inmobiliario ganará en diversidad, estabilidad y visión de largo plazo. Promover la independencia financiera femenina no es solo un asunto social o ideológico; es un imperativo económico. Porque cada mujer que invierte con conocimiento y seguridad contribuye a construir un mercado más sólido, inclusivo y sostenible.
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