Mientras los medios estadounidenses están concentrados en el escándalo del difunto financista Jeffrey Epstein, los aranceles del presidente estadounidense, Donald Trump, y el conflicto en Gaza, hay otra noticia tanto o más importante que está pasando desapercibida: el peligroso plan de Trump para desregular la inteligencia artificial (IA). Si Trump y los magnates tecnológicos que lo apoyan se salen con la suya, este nuevo plan podría inundar aún más Internet con noticias falsas amplificadas por IA, sembrando confusión y debilitando la democracia.

En su “Plan de acción de IA”, presentado el 23 de julio por la Casa Blanca, Trump pidió eliminar las “barreras regulatorias innecesarias que obstaculizan al sector privado” en la industria de la IA. Durante el evento, firmó tres órdenes ejecutivas para poner en marcha el plan. Trump dijo que era necesario reducir las “regulaciones horribles y tontas” para incentivar la innovación y asegurar que Estados Unidos (EE.UU.) siga siendo el país líder en este campo.

El plan de Trump es, en parte, una respuesta a la reciente ley de la Unión Europea (UE) para combatir la desinformación, conocida como la Ley de Servicios Digitales. Bajo esta nueva normativa y su Código de Prácticas sobre desinformación, las redes sociales y otras empresas de Internet deben cumplir reglas contra contenidos ilegales y noticias falsas. Casi al mismo tiempo, Brasil, Colombia, Uruguay y Chile firmaron una declaración conjunta en una cumbre el 21 de julio en Chile, pidiendo una “gobernanza democrática digital”.

A primera vista, la cruzada de Trump para desregular la IA puede sonar como una buena idea para acelerar el desarrollo del sector tecnológico y combatir la censura gubernamental. Pero, lejos de mejorar las cosas, su plan presenta tres grandes problemas.

Primero, podría dar un cheque en blanco a las grandes empresas tecnológicas para anteponer sus ganancias a su responsabilidad social. Las redes sociales podrían verse tentadas a difundir o tolerar la circulación de noticias falsas, que generan más clics –y más ingresos–. Recientemente, la plataforma de IA de Elon Musk, Grok, generó titulares por publicar respuestas antisemitas y elogiar a Adolf Hitler. Grok luego se disculpó y prometió corregir sus algoritmos. Pero la pregunta sigue siendo: ¿qué incentivo tendrán estas empresas para invertir en mecanismos de control de contenido si no están obligadas a hacerlo?

Segundo, al darle lo que quería a la industria tecnológica, Trump podría estar fortaleciendo su alianza con algunos de los CEO más poderosos del mundo –menos Musk, por ahora– y, potencialmente, asegurando su apoyo en las elecciones legislativas del 2026 y presidenciales del 2028. Podríamos estar viendo el nacimiento de un “complejo tecnoindustrial” cuyos líderes podrían programar sus algoritmos para moderar las críticas a Trump a cambio de beneficios regulatorios.

Tercero, la cruzada de Trump genera sospechas de hipocresía, ya que propone mayor libertad para las empresas tecnológicas, mientras les exige alinearse ideológicamente con él. Una de las órdenes ejecutivas firmadas al lanzar su plan prohíbe al Gobierno de EE.UU. usar chatbots que den respuestas “woke” o “progresistas”. “El pueblo estadounidense no quiere la locura marxista woke en los modelos de IA”, dijo Trump.

Varias de las mayores tecnológicas estadounidenses –como Google y Microsoft– ya han firmado el Código de Conducta sobre Desinformación de la UE. ¿Pero existe algún esfuerzo similar de alto nivel en EE.UU.?

Todas estas son preguntas que merecen mucha más atención. Las respuestas determinarán qué noticias recibimos y qué candidatos tendrán una ventaja digital desproporcionada en las próximas elecciones alrededor del mundo.

–Glosado y editado–

© El Nuevo Herald. Distribuido por Tribune Content Agency, LLC

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Andrés Oppenheimer es periodista

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