
Escucha la noticia
Entre la agonía y el parto
Resumen generado por Inteligencia Artificial
Accede a esta función exclusiva
Resume las noticias y mantente informado sin interrupciones.
A la señora Segundina León Rodríguez le llegó la muerte sin previo aviso el domingo pasado en Santa Eulalia, justo cuando se estaba preparando “la madre de todas las batallas” por el Ministerio Público. Porque más allá de la evaluación del comportamiento de cada uno de los participantes, que son muchos e incluso tras bambalinas, asistimos a un nuevo episodio de una implosión estatal. Y es en ese escenario de descomposición generalizada que es fácil deducir que el chofer del volquete que se estrelló contra una precaria vivienda y mató a una ciudadana de 75 años debe estar en su casita. En medio del bombardeo de noticias es difícil retener tragedias personales como la de Segundina, cuyo hijo salió a comprar el pan y al regresar encontró su casa destrozada y a su madre enterrada bajo un cerro de desmonte y rocas. De acuerdo con el reporte del serenazgo, el chofer del volquete de apellido Farfán enfrentó “una falla mecánica” que lo llevó al descarrilamiento de su vehículo, el cual impactó contra un muro y luego la casa donde nuestra compatriota dormía. Con centenares de peruanos baleados, acuchillados o lanzados al abismo desde un ómnibus interprovincial ‘despistado’ (por la irresponsabilidad de choferes sin brevete y sin consciencia), queda claro que, en términos de justicia para los más vulnerables, acá no pasa nada, porque en el Perú, “salvo el poder”, para robar hasta la vida “todo es ilusión”.
Lo que, a todas luces, no es una ilusión es la sensación de agonía y de desesperanza que se viene apoderando de un país políticamente degradado, como el nuestro, pero sobre todo moralmente colapsado. Un simulacro de república donde el otro es un objeto cuya vida carece de valor excepto el de ser pieza descartable en algún juego macabro de los “monstruos” y “cuchillos” que pululan por todos los niveles de la sociedad. Y es por ello que el concepto de la agonía resulta muy pertinente en estos momentos donde nuestros jóvenes emigran en masa, la muerte nos acecha a la vuelta de la esquina y los administradores de un Estado, en cuidados intensivos, se defienden con uñas y dientes para seguir vampirizándolo. De la mentada agonía existe un fascinante análisis del escritor español Miguel de Unamuno, cuyos personajes denominados “agonistas” se encuentran en un constante conflicto entre la vida y la muerte, pero principalmente entre la esperanza y la desesperación. Unamuno, autor de Niebla, ve la agonía en términos de angustia existencial, es decir, como la evaluación de diversas opciones que van modificando nuestras ideas y actitudes en el breve tránsito por un mundo incierto.
Tal como Unamuno, Albert Camus, que a diferencia del escritor español practicó el agnosticismo, tiene una frase que permite reflexionar no solo sobre el vitalismo del autor de “La peste” sino del nuestro, lidiando “agónicamente” con el abuso cotidiano, que es la negación de la justicia que la República prometió en su primera Constitución. “Si existe el alma, es un error creer que nos es dada como algo perfectamente creado. Se va creando aquí, a lo largo de toda la vida, y vivir no es más que ese parto largo y torturante” es la frase de Camus que me trae a la memoria la idea del “Perú abortivo” de Pablo Macera (donde nada se concreta), pero, también, ese himno popular llamado “La chicha” (1820), celebrando a una república que nació como un lugar desde donde era posible imaginar a través de su gastronomía, a un nosotros disfrutando de sus variados frutos. Ese bien común, compartido en una simple mesa engalanada de choclos, queso, ajíes y jarras de chicha, al que se referirán sus brillantes músicos y proféticos fundadores. Y es por eso que me alegra que en una de esas pausas a las contracciones dolorosas de un “parto torturante” aparezca en el firmamento global un puñado de cocineros peruanos que hablan de la comida, que es nuestro orgullo, como proveedora de esa felicidad, un bien para muchos inalcanzable. Más aún, la primera cocinera peruana, Pía León, que aparece en la lista de los mejores restaurantes del mundo entiende su misión que es revivir la “cocina emocional” con profundas raíces históricas. En el Perú y desde las canteras de lo más atávicamente humano, que es cocinar y compartir, surge la pausa, pero también la esperanza de un cambio de paradigma en medio de la brutal lucha por el poder, que desde siglos, desafortunadamente, nos define.

:quality(75)/s3.amazonaws.com/arc-authors/elcomercio/9abd95ea-e08b-43fc-b6c9-ab65d6f7dc3a.png)









