Entre la agonía y el parto

“En el Perú y desde las canteras de lo más atávicamente humano, que es cocinar y compartir, surge la pausa, pero también la esperanza de un cambio de paradigma”.

    Carmen McEvoy
    Por

    Historiadora

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    A la señora Segundina León Rodríguez le llegó la muerte sin previo aviso el domingo pasado en Santa Eulalia, justo cuando se estaba preparando “la madre de todas las batallas” por el Ministerio Público. Porque más allá de la evaluación del comportamiento de cada uno de los participantes, que son muchos e incluso tras bambalinas, asistimos a un nuevo episodio de una implosión estatal. Y es en ese escenario de descomposición generalizada que es fácil deducir que el chofer del volquete que se estrelló contra una precaria vivienda y mató a una ciudadana de 75 años debe estar en su casita. En medio del bombardeo de noticias es difícil retener tragedias personales como la de Segundina, cuyo hijo salió a comprar el pan y al regresar encontró su casa destrozada y a su madre enterrada bajo un cerro de desmonte y rocas. De acuerdo con el reporte del serenazgo, el chofer del volquete de apellido Farfán enfrentó “una falla mecánica” que lo llevó al descarrilamiento de su vehículo, el cual impactó contra un muro y luego la casa donde nuestra compatriota dormía. Con centenares de peruanos baleados, acuchillados o lanzados al abismo desde un ómnibus interprovincial ‘despistado’ (por la irresponsabilidad de choferes sin brevete y sin consciencia), queda claro que, en términos de justicia para los más vulnerables, acá no pasa nada, porque en el Perú, “salvo el poder”, para robar hasta la vida “todo es ilusión”.

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