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La última trinchera, por Javier Díaz-Albertini

“Se nos dice que el fujimorismo es anti-establishment. No lo es”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

anti-establishment

"Yo no creo que exigir instituciones democráticas fuertes y eficientes sea una cuestión de élites académicas alejadas del pueblo". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Un sabio amigo me dijo una vez que, al momento de negociar, uno siempre debe tener en claro cuál es su última trinchera. Es decir, saber bien qué principios son innegociables, en qué aspectos no podemos retroceder. Esto me viene a la mente porque en las últimas semanas he visto cómo se excusan despropósitos e injusticias bajo una supuesta amplitud de criterios. ¿Hasta qué punto se puede relativizar un hecho social? ¿Cuándo es que el análisis –en vez de aclarar cuestiones básicas de ética– termina siendo una forma de justificar lo injustificable? Desarrollo varios ejemplos para dejarme entender. 

Se nos dice que el fujimorismo es anti-establishment. No lo es. El establishment está conformado por los grupos que manejan –aunque sea en forma contenciosa– el poder en una sociedad o institución. Los que se encuentran fuera de este círculo son llamados ‘outsiders’. El fujimorismo dejó de serlo el 5 de abril de 1992 cuando disolvió el Congreso, luego estableciendo un sistema de prácticas políticas cercanas a su imagen y semejanza. Esta agrupación es parte del establishment. Tan es así que por muchos años ha sido la opción favorita de la élite empresarial y religiosa. 

El fujimorismo, en cambio, sí tiene una fuerte veta autoritaria. Se construyó, además, sobre bases corruptas y con claras inclinaciones antidemocráticas. Pero, entonces, ¿no serán estas características las que lo hace antiestablishment? No. Por desgracia, estas ya son parte de nuestro sistema político. Por ello más del 50% de peruanos vota en cada elección general esperanzado por un ‘outsider’ –o remedo– con la esperanza de cambiar el establishment.  

Se nos dice que la paisana Jacinta es un personaje de origen popular estereotipado, al igual que lo era el pelado de Cantinflas o el Charlot de Chaplin. No lo es. Más allá del enorme abismo en la calidad artística e interpretativa entre la paisana y los otros personajes, sus estereotipos son ofensivos y no reivindican los derechos de los discriminados. Por el contrario, refuerzan los peores prejuicios y generalizaciones racistas y etnocentristas. En sus programas y ‘sketches’, además, abunda el machismo burdo característico de buena parte de nuestros programas cómicos.  

En los casos del pelado y Charlot, ambos desarrollaban lo que algunos llaman la “astucia de los oprimidos” para enfrentar al sistema imperante. Al aparentar ser ignorantes, torpes, arrastrar los pies, hacer las cosas mal y lentamente, se estaban enfrentando a un sistema abusivo utilizando los mismos estereotipos que los definían como marginados. Hay estudios que muestran que los sectores oprimidos saben muy bien que el sistema es injusto; sin embargo, también son conscientes del alto costo de enfrentarlo directamente. Es así que despliegan las “armas de los débiles”, que incluyen burlarse del poderoso y parodiar sus huachaferías.  

Finalmente, se nos dice que la crítica al fujimorismo y a la paisana desde una postura moral es un “desprecio sociológico” al “pueblo” y una forma de “encapsularse” en una cúspide social. Es así porque ambos fenómenos están respaldados popularmente, sea en las ánforas o en la taquilla.  

No sé, yo pensaba que la postura moral era una parte esencial de un espíritu crítico que no se rinde ante una realidad sociológica. La mitad de los peruanos está de acuerdo con que un alcalde robe si hace obras, tres cuartas partes de la población justifican actos corruptos para lograr fines personales, casi la mitad está de acuerdo con un golpe militar si resuelve problemas económicos, y los datos sociológicos siguen.  

Entiendo que muchas de estas reacciones reflejan un pragmatismo producto de una sociedad con instituciones anémicas y normas pintadas. Pero ello no justifica la aceptación de esta realidad. O, peor aun, a aquellos partidos y políticos que buscan el apoyo popular respaldando estas conductas.  

Yo no creo que exigir instituciones democráticas fuertes y eficientes, o el cumplimiento de las normas, sea una cuestión de élites académicas alejadas del pueblo. Todo lo contrario, la historia ha demostrado una y otra vez que la plena vigencia de los derechos ciudadanos es el mejor aliado de los más débiles.

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