Los grandes de nuestras letras mueren en abril. Mario Vargas Llosa se suma a Inca Garcilaso de la Vega que las inició, el inmenso César Vallejo y grandes poetas como José María Eguren y Juan Gonzalo Rose. Saliendo del terruño, añádanle a Gabriel García Márquez y Octavio Paz, dos de los grandes del ‘boom’ latinoamericano, cuyo ciclo se cierra con la muerte de nuestro premio Nobel. Además, y para desmentir a los incrédulos que pueden pensar que sea una mera coincidencia, abril acabó con la vida de los dos más grandes de las letras occidentales: Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Es como si el destino –o el divino para los creyentes– hubiera querido promover eternas conversaciones entre ellos en el más allá.
Mario Vargas Llosa ha recibido en el Perú, y en tantísimos otros países, innumerables reconocimientos. Notables análisis de los más eruditos y decenas de remembranzas de quienes lo conocieron en sus muy diversas facetas. No soy ni lo uno ni lo otro y, pese a mis ganas iniciales, me doy cuenta de que sería de una insoportable vanidad añadir una reflexión propia.
Solo me queda decirle gracias. Primero, por sus novelas que me acompañaron desde mi adolescencia. He leído y disfrutado de casi casi todas; aquellas que son, para mí, las más entrañables las he releído hasta cinco veces. Asimismo, por sus convicciones políticas de madurez, a saber, que es fundamental para el progreso una economía abierta y de mercado, pero no es suficiente. Su profundo apego a la democracia, el cuestionamiento a las dictaduras, vengan de donde vengan, y el respeto a la pluralidad de ideas, opiniones y conductas son otro legado invalorable.
Con profundo desgano me toca ahora hundirme en los desagües en que se mueve nuestra política y confirmando que de ella emana una miasma intolerable.
Lo peor de la semana: el envilecimiento de la cancillería puesta al servicio de los intereses personales de Na-Dina. Cito las durísimas conclusiones del comunicado la Asociación Peruana de Derecho Internacional: “Existiendo ya una sentencia condenatoria contra ella emitida por la autoridad judicial competente dentro del marco de un juicio de incuestionable ilicitud, resulta constitucionalmente imposible que [...] pueda otorgar salvoconducto para que [...] salga del territorio nacional y se sustraiga del mandato judicial imperativo”.
La presidenta del Poder Judicial ha dicho a su vez: “La justicia, particularmente la justicia penal, solo persigue la verdad. Jamás fines políticos que justifiquen un asilo internacional. Ello no hace más que perpetuar un mensaje de impunidad, el cual rechazamos de manera tajante”.
¿Por qué esa docilidad del gobierno ante un pedido de Itamaratí con esos vicios y ni siquiera una frase de protesta? Pues porque Dina Boluarte está mirando su futuro judicial y sus particulares intereses (y los de demasiados congresistas). Por ello no podía argumentar que el Poder Judicial y para el caso el Ministerio Público son autoridades competentes.
Una vez más, Dina Boluarte desvirtúa para su beneficio la razón de ser de las instituciones, como fue evidente en el caso de Santiváñez en Interior. Siendo la diferencia con Torre Tagle que no es usual que una arrodillada de ese tipo prospere, porque la mayoría de los que han ejercido ese cargo tuvieron amor propio y supieron poner límites al apego al fajín.
El destino de Ollanta Humala está todavía por definirse. Puede que gane en la apelación, pero si, como consecuencia de un hábeas corpus que permita su libertad temporal huye al Brasil, lo suyo sería de una indignidad equivalente a la de quienes lo hicieron antes. Prado en la guerra con Chile, Fujimori huyendo a Japón y Toledo a Estados Unidos. Todos ellos burlándose del país que los eligió para gobernar.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.