Votar es un derecho y no necesariamente una obligación. Ahora todos votamos porque libremente lo hemos decidido o porque es un mandato obligatorio de la ley. Sin embargo, esta universalidad del voto no siempre fue así; hay toda una historia sobre cómo se pasó del voto restringido al voto universal.
A mediados del siglo XIX e incluso en el siglo XX, el derecho a voto estaba restringido. La primera forma de votación fue el llamado voto censitario: solo podían votar los varones capaces de pagar impuestos directos al Estado. En el siglo XIX, los únicos eran los ricos, una ínfima minoría. No podían votar las mujeres, campesinos ni obreros.
Ante esta injusticia, el filósofo inglés John Stuart Mill propuso el voto capacitario. Podían votar los más capaces, ¿pero quiénes eran ellos? La respuesta: aquellos que van a la escuela porque saben leer y escribir. Sin embargo, en esa época no había muchas escuelas públicas; en consecuencia, la mayoría no sabía leer y escribir, solo los hijos varones de los ricos.
Estos hechos y las propuestas para ampliar el derecho de sufragio cambiarían por una gran revolución democrática encabezada por miles de mujeres del llamado movimiento sufragista. Su historia es apasionante y a veces trágica, pero gracias a la expansión del movimiento, entre fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, las mujeres lograron poder elegir y ser elegidas. El primer país en reconocer el voto universal, igualitario y libre para las mujeres fue Nueva Zelanda, en 1893.
En el Perú, por esas paradojas de nuestra política, no fue un gobierno democrático el que reconoció el derecho a voto para las mujeres, sino la dictadura del general Manuel Odría, en 1955. Ellas votaron por primera vez en las elecciones generales de 1958. Fueron 500.000 las que sufragaron y los partidos de aquella época tuvieron representantes femeninas en el Congreso.
La incorporación de la mujer en la política fue un progreso de la humanidad, pero en algunos países quedaban otras formas de discriminación: no votaban los analfabetos, se discriminaba por el color de la piel o estaban excluidos los miembros de las Fuerzas Armadas y policiales. Poco a poco, estas injusticias fueron superándose, hasta que a inicios de los años noventa del siglo pasado el voto se universalizó, sobre todo en Occidente.
Por eso, cualquier intento de restringir el derecho de sufragio es un acto antidemocrático, un delito, porque priva a una persona de decidir libremente quién debe gobernar y quiénes serán sus representantes en el Congreso o en cualquier cargo público, sean gobernadores, alcaldes, consejeros o regidores.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.