Con 37 candidaturas corriendo hoy en tumulto por el poder presidencial –como nunca en la historia–, la democracia peruana se irá al abismo si no salva desde ahora dos cosas: el voto ciudadano y un básico sistema de partidos.
No hay otra manera de que superviva la democracia en el país como mecanismo de autogobierno que rescatando el voto ciudadano del aventurerismo político y rehaciendo el único mecanismo de intermediación entre el poder y los electores: los partidos.
Como mal que por bien no viene, la fragmentación política que estamos viviendo trae la lección de que no podemos seguir condenando nuestra democracia a una espantosa precariedad, ni dejar que el voto ciudadano sea tan frágil que quienes llegan al poder puedan torcer su voluntad e instalar una dictadura, como pretendió hacerlo Pedro Castillo.
El pelotón de candidaturas que vemos en el partidor electoral nos confirma que nadie puede competir electoralmente por el poder si no es a través de partidos; pero las futuras reglas electorales, más idóneas y mejor estudiadas, tendrán que hacer que no sean 35, sino como máximo 10. Los propios postulantes de hoy tienen que haber entendido que su aspiración al poder no puede prestarse a un juego de lotería ni al negociado de algunas organizaciones reclutadoras de figuras políticas -no como alternativas de gobierno, sino como alcancías para medrar económica y financieramente de la coyuntura electoral-.
Partidos que vienen del siglo XX, como el Apra, Acción Popular, el PPC y Obras, y otros que han crecido en el siglo XXI, como APP, FP, RP y Avanza País –más los nuevos conocidos y por conocer–; todos ellos van a someterse a la mayor decantación de organizaciones políticas que el voto ciudadano haya hecho alguna vez desde la fundación republicana.
Quizás no estamos demasiado tarde para caer en la cuenta de que el Perú no solo necesita de reglas económicas y financieras claras y firmes, como las que hemos tenido en los últimos 30 años. Necesita de reglas institucionales democráticas claras que hagan gobernable el país. Y esto pasa por instalar el respeto, el diálogo y la tolerancia en la vida política, como al interior y exterior de los partidos. La vuelta del Partido Aprista a la competencia electoral ya no puede hacerlo incursionar en viejas revanchas por la pérdida del sólido norte a manos de APP. Tampoco se puede seguir viviendo en el siglo XXI de un enfermizo antifujimorismo. Y cuán bueno sería que las izquierdas no se excluyeran de la posibilidad de ser alternativas democráticas, dejando atrás los modelos de empobrecimiento que les quitan el sueño: Cuba, Nicaragua, Venezuela.
Recordémoslo bien: mal con los partidos, peor sin ellos. Como ciudadanos, no seamos parte del problema, sino parte de la solución.
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