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Manual de una pose presidencial
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El gobierno de José Jerí arranca como coreografía acelerada: camisa blanca sin corbata, visita a penales de madrugada, emoliente en la Plaza de Armas, charla con barredores, devoción morada en octubre. El contraste con su antecesora es brutal: Dina Boluarte convirtió la comunicación política en un cuarto cerrado –silencios, entrevistas escasas, tropiezos verbales y frivolidad–. Donde hubo vacío, Jerí coloca imágenes. El reto no es llenarlas, sino sostenerlas con hechos antes de que el país cambie de canal.
La visita a los penales es una sintaxis simple –jerarquía, asepsia moral, purificación– que pretende inaugurar autoridad instantánea. Fija el relato del “orden que por fin llega” y calca planos al estilo Nayib Bukele. Se derrite, sin embargo, sin lo único que resiste al montaje: indicadores públicos, plazos, responsables y línea base para medir algo más que entusiasmo.
Corte a Plaza de Armas. Emoliente en mano, proximidad táctil, conversación al amanecer. La escena del “presidente a ras de suelo” funciona como bálsamo tras la postal carcelaria: después del castigo, la caricia. Escuchar no es posar: se verifica en actas, compromisos y ejecución presupuestal; cuando cada saludo se traduce en política y no solo en selfie.
Octubre añade mística. La cercanía al Señor de los Milagros activa continuidad con la nación ritual. Eficaz como señal: orden moral en tiempos de delito, plegaria en tiempos de miedo. Frágil como estrategia: la religiosidad, usada como utilería, se mide a fuego lento y exige coherencia. La fe cívica no necesita estampitas: necesita resultados.
Siguiente encuadre: “Marcha por la paz” en vísperas de un paro. Pequeña en número, pródiga en eslóganes. Recurso clásico: encuadres cerrados para agrandar lo mínimo. La frontera “los decentes aquí, el ruido allá” tropieza con la economía doméstica, que no obedece a consignas. La paz es un verbo caro: se paga con empleo, transporte seguro, disminución de los crímenes, la justicia oportuna. La foto ayuda minutos; las políticas, años.
Vuelven sillas, banderas y saludos de coordinación con alcaldes, gobernadores, jueces, fiscales, generales. Ritual necesario; nadie gobierna solo. También una trampa: solemnidad sin matriz de responsabilidades es marco dorado sin cuadro. Comunicación no es humo institucional: es decir con nitidez qué bajará, cuándo bajará y quién responde si no baja –extorsiones, homicidios, hurtos, tiempos de respuesta, casos con sentencia–.
Late la interferencia de fondo: el archivo digital del propio Jerí. Viejos “me gusta” indecorosos, seguimiento a cuentas pornográficas, chistes sexistas, borrados apurados de sus redes sociales. La ironía pública hace el resto: cualquier gesto de autoridad compite con el meme del doble rasero.
El semiólogo francés Roland Barthes lo dijo claro: el mito necesita texto. Aquí el mito está comenzando a ser filmado. Falta el texto –metas verificables, cronogramas, vocerías que acepten preguntas difíciles, tablero abierto– para que la partitura no se apague cuando baje la música. Sin eso, quedará solo la coreografía. Y la coreografía, sin música, es silencio.

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