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Recuerdo que, hace un par de décadas, se discutía en EE.UU. sobre las “tácticas de miedo” que empleaba la agencia que controlaba la migración para ubicar y procesar a aquellas personas en condición irregular. Iba a las empresas y pedía a sus dueños o gerentes poder revisar si sus trabajadores estaban debidamente documentados. Algunos empleadores, que rechazaban este tipo de práctica en solidaridad con los migrantes, elegían el camino de la desobediencia civil y les ocultaban para evitar que sean deportados.

La migración siempre ha sido un tema políticamente contencioso. Para los liberales, el mundo debería propender hacia la libre movilidad de personas, así como se promueve que haya libre movilidad del capital. Los progresistas creen que es justo apoyar a los migrantes en situación de vulnerabilidad, aun cuando sean nacionales de otro país. Los conservadores, en cambio, pueden sentir que la migración descontrolada pone en peligro el orden y la prevalencia de las tradiciones y costumbres a las cuales se adhieren.

Yo puedo entender que, por la fase del ciclo político en la que estamos, en pleno resurgimiento del conservadurismo, sea esperable que la política pública en muchos países tienda a ser más restrictiva con la migración. Puedo pensar que, en alguna medida, es un error de diagnóstico o quizá un reflejo de populismo penal, pero es una posición que válidamente se puede defender en democracia y que además hoy resulta muy popular.

Lo que no puedo entender ni validar son las tácticas contra la migración que se están empleando en varios países, notoriamente en EE.UU. Ver cómo está operando el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) no solo es indignante, sino descorazonador.

De hecho, le evita a uno tener que recurrir a la literatura para vislumbrar ciertas prácticas típicas de los totalitarismos, como emplear agentes de seguridad encapuchados, que pueden manipular a los ‘criminales’ a los que persiguen sin ningún tipo de consideración por el debido proceso, incluso mandarlos a cárceles en el extranjero en países de los cuales no son nacionales. Y después de ver los niveles de vejación y las muertes causadas por los propios agentes de ICE, el mensaje que reciben de su gobierno es que hagan como les plazca, porque gozan de total inmunidad.

Quizá algunos de ustedes estén familiarizados con el incidente ocurrido hace algunos días en Minneapolis, donde un agente de ICE mató de tres disparos a Renee Good, una poeta premiada y joven madre de familia que acababa de dejar a su hijo en la escuela. Así como los empresarios de los que hablé al inicio, muchos ciudadanos en EE.UU. están ejerciendo desobediencia civil contra ICE buscando bloquear sus operativos o alertar con silbatos cuando llegan a un vecindario.

Renee Good era una de estas personas. Había bloqueado con su camioneta el avance de los agentes de ICE y brevemente tuvo, junto con su pareja, un intercambio de palabras con estos. Nada grosero ni agresivo, pues incluso le dice a uno: “No estoy molesta contigo”, como dando a entender que sabe que las órdenes vienen de arriba.

Pero al intentar finalmente mover su auto para desbloquear la vía, pasa muy cerca del agente (no queda claro si lo golpea) y este le dispara una vez y luego dos veces más cuando el auto ya iba alejándose, y se escucha cómo insulta a quien acababa de asesinar.

Las imágenes, a mi criterio, son claras. Este fue un caso de desobediencia civil de muy bajo riesgo. Y, sin embargo, no solo mataron a esta mujer disparándole a la cara, sino que, sin siquiera haber realizado una investigación, representantes del gobierno de Trump salieron a justificar cínicamente lo ocurrido diciendo que Renee Good era una “izquierdista trastornada” que merecía ese desenlace por haber incurrido en “terrorismo doméstico”.

Ningún tema que nos movilice políticamente debería servir de carta blanca para que un gobierno mate impunemente a sus propios ciudadanos. Los estadounidenses necesitan reaccionar pronto.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Augusto Townsend Klinge es Fundador de Comité y cofundador de Recambio

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