Entre el “suicidio político” de José Jerí por sus actos propios y la “barbaridad jurídica” parlamentaria de censurarlo como presidente del Congreso (cargo que ya no ejercía), en lugar de vacarlo como presidente de la República, no descartemos que pueda sobrevenir, en poco tiempo, producto de los hechos consumados de ayer, una “anarquía perfecta” de imprevisibles consecuencias.
No es poca cosa que, así como en tantas ocasiones de la historia se ha corrido a toda prisa detrás de nuevas elecciones, ayer se haya corrido igualmente a toda prisa detrás de una inconstitucional censura al presidente Jerí, el primero que viene de una destitución (la de Dina Boluarte) para encontrarse con la suya propia, en un desfile de ocho presidentes en diez años.
La alteración del orden constitucional para optar por la censura en lugar de la vacancia representa, sin duda, una decisión política parlamentaria no judicializable (nadie presentará una acción de amparo ni una demanda competencial), pero marca un precedente oscuro y nefasto contra la institución presidencial, al colocarla por debajo del interés sancionador y del sujeto a sancionar.
¿Frente a qué presidencialismo democrático estamos, que frecuentemente resulta insostenible (en un vasto historial de crisis e interrupciones autoritarias y dictatoriales), como insostenibles también resultan los que llegan a representarlo por elección o sucesión?
Las tres frases entrecomilladas arriba, “suicidio político”, “barbaridad jurídica” y “anarquía perfecta”, corresponden en su orden a los constitucionalistas Aníbal Quiroga, Domingo García Belaunde y Enrique Ghersi, frases que sirven aquí, en su significado y significante, para centrar un poco al vuelo la grave crisis de la institución presidencial y la triste suerte que envuelve no solo a quienes no terminan sus mandatos, sino a quienes los terminan procesados y encarcelados por delitos penales.
El mal presidencial en el Perú proviene de cuatro fuentes: de la carencia de un sistema de partidos que ha derivado en la peor fragmentación política de la historia, esta vez con 32 aspirantes a ejercer el mayor poder de la nación; de la marcada tendencia de hace tres décadas de que cualquiera puede ser presidente, con total desprecio de la meritocracia política; de un inconsistente y complaciente sistema electoral que hace de la vista gorda el mercado persa de partidos y candidaturas; y de un viejo diseño legal y constitucional de la presidencia que se resiste a ser reformado, modernizado y fortalecido en eficiencia e integridad.
Bajo este referente crítico, ¿quién da ahora la talla, que por supuesto no tuvieron Jerí ni sus predecesores, para honrar real y efectivamente la presidencia en su día a día, la jefatura de Estado con la elevación que se requiere, la comandancia suprema de las fuerzas militares y policiales en decidido desafío al crimen organizado y la personificación de la nación, que equivale de veras a representar digna y ejemplarmente a la patria?
Vamos, pues, señores promotores de la censura a tontas y a locas de ayer, preocúpense ahora por elegir a quien dé la talla para el cargo que al 100% deshonró Jerí. Propongan y sienten en el sillón de Palacio a quien por unos meses honre la presidencia siquiera al 50% de sus competencias y majestades.
No vengan a traernos remedos de Pedro Castillo ni avispados ronderos del Tesoro Público.
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