Resumen

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"Luego de recibir la señal de nuestro cómplice en portería, apagamos las luces y nos escondimos". Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"Luego de recibir la señal de nuestro cómplice en portería, apagamos las luces y nos escondimos". Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Por Luciana Olivares

Mi ex esposo siempre odió su cumpleaños, tanto que no recuerdo, ni en nuestra época de enamorados o casados, verlo soplar una sola vela. Ya divorciados, ni siquiera nuestra hija Fernanda logró convencerlo de celebrar el día; de hecho, siempre se las ingeniaba para estar de viaje y así evitar el saludo cumpleañero. Pero Fer no se iba a rendir, así que este año decidió –en complicidad con una muy amiga de él– celebrarle un feliz cumpleaños un día cualquiera, como fiesta sorpresa. Para ello prepararon bocaditos, torta con todos los adornos que hacían alusión a las cosas que le gustaban, mascarillas de calaveras para los invitados, piñata y hasta su propia versión de ‘ponle la cola al burro’, solo que a diferencia de la cara del burro estaba la de Italo con cuerpo de Nugget (apelativo que usa mi hija de cariño para referirse a su papá). En vez de cola, recrearon un pan francés.

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