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Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)

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Resumen

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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Por Luciana Olivares

Lo primero que me llamó la atención cuando la conocí fue su nombre: estaba bordado de rojo en ese mandil blanco que teníamos que usar como uniforme desde prekínder en el colegio. ¿Habré leído mal?, pensaba, mientras trataba de entender cómo se pronunciaban esas letras J-A-M-M-Y. De pronto, la profesora pasó lista y descubrí que su nombre era igual al del hermano de la Pequeña Maravilla. Físicamente se parecía a Vicky, la linda niña robot de ese programa, pero mezclada con Candy: tenía un pelo marrón ensortijado precioso que se veía más bonito aún cuando su mamá le hacía dos colas. Su nariz parecía de dibujos animados. Jammy lucía como una muñeca, siempre haciendo aspas de molino en el recreo y compitiendo en todas las categorías de atletismo en el colegio. Yo la miraba desde las tribunas porque, a diferencia de ella, era muy torpe para los deportes, así que me conformaba con integrar la banda en calidad de flautista.