
Desde el parque Castilla de Lince, rodeados de árboles tupidos que evocan el verdor de su natal Moyobamba, Los Mirlos reciben a Somos con su habitual sencillez y temperamento alegre. En este punto de sus carreras, otros músicos podrían dejarse llevar por la vanidad, jugar a las estrellas, pero no ellos que han trabajado como siquisapas (hormigas) por más de cincuenta años para construirse un legado en el mundo de la cumbia. Es lunes por la mañana, un día más de trabajo, y ellos siguen emocionados con todo lo que les está pasando, más cuando la gente en el parque reconoce sus pantalones verdes y camisas amazónicas y corren a pedirles una fotito.
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Por estos días, su agenda está recargada: no han tenido descanso desde que la prensa dio a conocer la hazaña de que serán los primeros peruanos invitados al Festival de Coachella, considerado el evento musical más importante del mundo. Este se realiza en el desierto de California y reúne a las estrellas más potentes del rock y el pop, además de dar a conocer a bandas en ascenso. En medio de todos esos nombres estarán Los Mirlos, compartiendo cartel con artistas como Missy Elliott, Lisa y Lady Gaga, quien cerrará la noche en su misma fecha. “Ojalá nos salga una fotito con ella”, dicen entre risas.
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Este aparente milagro de Los Mirlos en la principal vitrina musical del mundo no fue cuestión de suerte. Fue un resultado del trabajo, algo que tiene muy claro su fundador, Jorge Rodríguez. Maestro de escuela jubilado, don Jorge nunca pudo retirarse de su otra gran pasión: la música y desde 1973 no ha dejado de ser el líder de la agrupación. “Mi hijo Javier, que es nuestro mánager, comenzó las conversaciones con el festival el año pasado. Ellos querían que toquemos este año, pero era imposible porque no había tiempo. Pero, para demostrar su interés, lo invitaron a California para conocer sus oficinas”, relata Jorge. El mánager no dudó en tomar un avión y, lo primero que notó, ya en los cuarteles del festival, fue un afiche de Los Mirlos en la pared y varios vinilos antiguos del grupo. Ahí se dieron cuenta de que “los gringos” se habían documentado. Era una propuesta muy seria.

Jorge Rodríguez advierte que la internacionalización de Los Mirlos no es un fenómeno reciente, como podrían pensar algunos jóvenes. La banda realizó su primera gira fuera del Perú en 1980, en Argentina, donde incluso apareció en la película “Vacaciones de amor”, protagonizada por Camilo Sesto. “Hemos tocado en 40 festivales alrededor del mundo, algunos muy importantes como el Vive Latino en México y el Ruido Fest en Chicago. Este año estuvimos en Inglaterra, Suecia, Alemania... también recorrimos Sudamérica”.

Según Rodríguez, el impacto de su música trasciende a la comunidad peruana en el extranjero: “Donde van Los Mirlos, hacemos bailar a todos, no solo a los peruanos. El sonido psicodélico de nuestras guitarras conecta con la gente”. Quizá uno de los antecedentes más destacados de esta invitación a Coachella fue la sesión en vivo que grabaron hace un año para la estación radial estadounidense KEXP. Aunque se realizó en México, gran parte del personal no hablaba español, pero no por ello dejaron de mostrar entusiasmo por la propuesta psicodélica de Los Mirlos. A la fecha, esa sesión suma más de 800 mil vistas en YouTube.
La historia del poder verde
Hablar de Los Mirlos es referirse a la cumbia amazónica, un fenómeno musical y social que marcó las preferencias de baile en los años setenta en el continente. Es rememorar un viaje que comenzó en Moyobamba, con instrumentos fabricados artesanalmente y un amplificador de 20 watts que, según Jorge Rodríguez, “para nosotros era potentísimo, aunque ahora probablemente solo serviría para un karaoke”. Fundados a inicios de los años setenta bajo el nombre de Las Saetas, el grupo dio un giro radical cuando la música de Los Destellos llegó a la selva y revolucionó a toda una generación. De inmediato dejaron el acordeón y comenzaron a buscar guitarras eléctricas, inspirados por Enrique Delgado, el padre de la cumbia peruana. Cuando Moyobamba les quedó pequeña, se trasladaron a Lima, concretamente al distrito de San Martín, con el objetivo de seguir haciendo bailar. “No pudimos usar el nombre de Las Saetas porque había un grupo de Comas que ya lo tenía registrado, pero fue mejor así, porque Los Mirlos es un nombre más bonito. Es el ave que canta en la selva, conocida como la Beethoven de los pájaros, porque compone unas melodías hermosas”, explica Rodríguez.

La vida de Los Mirlos dio un giro cuando conocieron al experimentado productor Alberto Maraví, quien los fichó de inmediato para su sello discográfico Dinsa, más tarde renombrado como Infopesa. Maraví, conocido por su instinto para descubrir talentos, recorría incansablemente el Perú en busca de nuevos artistas. En Pucallpa, por ejemplo, encontró a Juaneco y Su Combo tocando en una discoteca donde la intensidad del baile era tal que se formaban nubes de vapor sobre los danzantes. En Tarapoto, fichó a Sonido 2000, y su lista de descubrimientos incluyó a muchas otras bandas que marcaron una época en la música tropical peruana.
Bajo la guía de un productor visionario como Maraví, Los Mirlos centraron sus esfuerzos en encontrar un sonido propio. Mientras Los Pakines utilizaban efectos de delay en sus guitarras, ellos optaron por un pedal conocido como “esférico”, que daba a sus canciones un timbre acuoso, evocador del flujo de un río. Cada grupo debía tener un sello distintivo, y Los Mirlos se propusieron que su música capturara la esencia de la selva: misteriosa, hipnótica y vibrante.
Al momento de despedirse, el señor Rodríguez adelanta que el próximo año publicará su autobiografía, que lleva años redactando sin poder ponerle punto final. “Al menos ya tengo claro que esto de Coachella será el último capítulo. Hemos llegado a lo más alto”. ¿Y que vendrá después? “Solo seguir trabajando”. //
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