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A 45 años de la muerte de Reyes, esta es la historia de esas pequeñas y de una amistad como pocas.
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A 45 años de la muerte de Reyes, esta es la historia de esas pequeñas y de una amistad como pocas.
Por Oscar García

Los últimos días en la vida de Lucha Reyes fueron una sucesión de despedidas simbólicas. A sus fans, que la elevaron al estatus de ídolo de la canción criolla, les dijo adiós como mejor supo, cantando. Ahí está Mi última canción, acaso el vals peruano más triste, firmado por Pedro Pacheco, en donde rompe en llanto justo al momento del clímax. Ese mismo año, 1973, Lucha llamó a su amiga, la compositora Pilar Quenés, y le pidió que acudiera a su casa en Balconcillo, con urgencia. La diabetes que le habían diagnosticado a los 18 años había empeorado a sus 37, y ya no veía. “Llévate mis pelucas, el equipo, la ropa. Nada me sirve porque yo ya estoy mal, pronto voy a morir”. Pilar la consoló como pudo, le dijo que exageraba, que cómo podía ella llevarse algo suyo. Reyes insistió.

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