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Foto del autor: Rodrigo Bedoya

Rodrigo Bedoya

"Los fantasmas de Scrooge" y "El matrimonio de Lorna"

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El estreno de “Los fantasmas de Scrooge” da pie para hablar de algunas cosas. Tristemente, ninguna de ellas demasiado cinematográficas. La película es bastante fallida: se limita a ilustrar, una por una, las situaciones del cuento de Dickens, sin crear un ambiente que cohesione el relato. Lástima por Robert Zemeckis, un director que supo darnos algunas películas interesantes (“Náufrago”, por ejemplo, o la más reciente “Beowulf”), pero que aquí nunca consigue dotar de verdadera vida la historia de Ebeneezer Scrooge. La película se queda en una serie de retazos que abarcan todas las situaciones, pero que nunca profundiza en ninguna de ellas.

Lo grave del asunto es el hecho de que Andes Films, la distribuidora de la película, la haya estrenado con todas las copias dobladas. Y sin siquiera poner un aviso en el anuncio del estreno advirtiéndolo. E incluso si lo hicieran, le estaría quitando a aquellos que nos interesa la posibilidad de ver el filme completo, tal cual lo idearon Zemeckis y sus actores, en especial el gran Jim Carrey.Como se sabe, el filme fue hecho con la tecnología conocido como “Motion capture”, que permite capturar las expresiones faciales de actores de carne y hueso, pero cambiar sus apariencias físicas. De esta manera, Carrey hace de seis personajes para los cuales ha creado una gestualidad. Y, quizá como ningún otro actor en la actualidad, Carrey tiene una enorme capacidad para jugar con los gestos, para exagerar tensando o relajando su rostro: el cómico es capaz, tan solo alterando un gesto, de pasar de la comedia al drama, de jugar con una ambigüedad que ha sido explotada tanto por los hermanos Farrelly (“Irene, yo y mi otro yo”) como por Milos Forman (la muy lograda “El lunático”). El “Motion capture” le cae de perilla al actor: puede crear distintos personajes a partir de su enorme capacidad para gestualizar

Pero no solo la gestualidad importa: importan la voz y la entonación que acompañan a ese personaje. Miren “El lunático” y observen cómo Carrey trabaja la voz a los distintos personajes que le toca hacer. Pues bien, esas voces no las podemos escuchar en el país gracias al doblaje. Suponemos que el trabajo de hacer seis personajes no debe ser fácil, y que ha habido harta chamba por parte del actor para saber qué modulación de voz requería cada personaje. Es más: Zemeckis debe haber pensado en Carrey justamente por los atributos mencionados, lo que le da todo un sentido a la película. Un sentido que se ve arruinado en tanto no podemos escuchar lo que ambos trabajaron. Por lo tanto, estamos viendo un filme incompleto, cercenado.

No digo que no se estrenen películas dobladas: un niño que todavía no sabe leer tiene todo el derecho del mundo de disfrutar del cine. Pero, ¿por qué la distribuidora no se gasta un poquito más y se trae un par de copias subtituladas para unas cuantas salas? No somos pocos aquellos a los que nos gusta ir al cine sin necesariamente estar acompañados de un chibolito, y quizá las distribuidores deberían pensar un poquito más en ese público.

La cruda realidad
No quería dejar de comentar, a su vez, una película tan importante como “El matrimonio de Lorna”, de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne. Los Dardenne (cuya obra entera se ha podido ver en Lima, aunque tan solo una cinta suya había tenido entreno comercial antes de “El matrimonio…”: “El niño”) deben tener una de las filmografías más coherentes de Europa actual. Su cine se centra en personajes llenos de carencias, tanto económicas como emocionales; carencias que van marcando sus vidas y los hechos que los Dardenne van registrando.

Y decimos registrando porque la puesta en escena, a partir de una cámara en mano nerviosa, se dedica a seguir a los personajes de forma obsesiva, a partir de planos más bien largos que van creando una sensación física muy fuerte. El cine de los Dardenne es un cine de movimiento y de actividad, elementos que se ven amplificados por el movimiento nervioso de la cámara.

Las historias de los Dardenne siempre bordean el melodrama: están llenas de situaciones límite, donde los momentos duros suelen estar siempre presentes. Pero lo interesante es que los directores de su puesta en escena filman todo de la misma manera, sin resaltar o aumentar el dramatismo de una escena. Los momentos de respiro o de tranquilidad están filmados con la misma distancia que los momentos más duros y terribles, como si estos entraran en la cotidianidad misma de los personajes, formara parte de su mundo. He ahí lo inquietante del cine de los Dardenne: su implacabilidad al momento de retratar una realidad compleja pero cuyos momentos más terribles aparecen como la cosa más normal del mundo.

“El matrimonio de Lorna” no escapa a ninguno de estos méritos. Quizá resulte la menos buena de sus películas (la mejor sigue siendo “El hijo (2002), una película con una violencia interna muy fuerte), pero no deja de ser una cinta que invita a mirar, a sentir y a inquietarnos. Inquietarnos por esa violencia emocional que sabemos que está ahí, presente en cada fotograma, pero que los mismos directores meten dentro de la normalidad del mundo que crean.