Blog

Foto del autor: Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

El tema del dolor y la novela

plumaEl profesor preguntó si es que el dolor produce buena literatura. En medio de aquellas tinieblas respondí que Sí. El dolor metafísico de Vallejo era un ejemplo, a la que el señor X  contrapuso la alegría mineral y estentórea de Neruda. Pese a que era un taller de narrativa, habíamos derivado por alguna razón hacia la poesía.

- Neruda es un poeta silvestre -añadí.

Decía el profesor que la poesía es una buena forma de ensayar la prosa, pero que había que hacerla vívida, real para saber si es que estábamos listos para crear historias. Nos sugirió evaluar cuan oscura o luminosa era nuestra existencia. B volteó los ojos a la destrucción de su amor, K recordó algunos viejos y nuevos adioses, J estaba devastado por una desilusión. Yo, pasaba un mal momento cuya causa preferí guardar. Nos dispusimos a escribir sobre una hoja de papel que el profesor distribuyó diligentemente entre todos los asistentes.

Entonces escribí:

“Abomino de los látigos que se vierten
como láminas en mi sangre
y mi herida poblada de odios.
No, no soy de este mundo,
solo he venido a peregrinar desde los hielos.
Tengo los ojos árticos.
Me trajeron sin excusa 
al infierno de los hombres.
Pero dado que me quejo
y mis pulpas han quedado a la vista,
debo decir sin mayor pompa:
es mi última palabra,
la que siembro en el linde
           del abismo,
la que me contiene y yo contengo,
la que curvo como un ala rota
        al pie de un viejo ciprés”.

 

Luego di vuelta a la hoja para escribir el tramo de un nuevo poema:

“Eleven las anclas,
zarpo al mar de las hespérides,
allí donde anidan las ninfas,
 pero también
            los monstruos y las magas.
Vuelvo.
No, no será la travesía de un fantasma
ni de un hombre, ni de un animal o una flor.
No tengo un nombre,
soy solo el círculo,
la línea muerta que circunda
el punto sobre un plano
         que se inclina en el barranco”.

El profesor leyó mis versos en voz alta y me interrogó sobre las causas específicas que inspiraron aquel poema tan crispado. Lo invadió una desazón. Necesitaba tener alguna injerencia en mí para amainar cualquier sentimiento. Doña T, también intervino.  Asumí que era un asunto muy mío y que la rápida improvisación había perfilado unos versos de llanto y de trueno. Nunca me sentí seguro de mi poesía y menos de aquella que brotaba espontáneamente, sin métrica ni precisión. Según el profesor, por el contrario, mis versos eran muy cargados y yo, poeta, estaba, por tanto, muy cargado y que mal haría en elaborar un solo párrafo de mi novela en aquel momento. “Primero resuelve tus problemas”.

“La poesía nos permite medir el tamaño de nuestro dolor. Si es ancho como la Tierra, lo mejor es esperar los buenos tiempos, que cambien las circunstancias, que la luz de la novedad llegue con nuevas promesas”. Señaló que la novela debe escribirse con fría serenidad, con cálculo fiel. Creí entonces, que dadas las circunstancias, no podría narrar. Narrar en frío es un reto difícil para quien, de paso o principalmente, técnicamente bien o mal o muy mal, escribe poesía con su propia sangre, con el último aliento.

Pero había llegado la hora de restarle corazón a la pluma. Lo que al profesor le interesaba era la inteligencia de las historias, la ingeniería desapasionada con la que se construye una buena novela. Pero…