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Foto del autor: Redacción Web

Cambios en mi vida

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12 de diciembre de 1999. Son las 2 de la tarde y tengo que irme. No recuerdo haber sentido anteriormente tanta alegría, optimismo, ganas de comerme al mundo y una terrible tristeza al mismo tiempo. Tengo 33 años, quinientos dólares en el bolsillo, sueños en mi cabeza y pasión en mi corazón. Esta es una fecha que nunca olvidaré, porque es el día que salí de mi querido Perú con rumbo a Estados Unidos para empezar de nuevo. Un beso a mis viejitos, a mi hermana y a mi cuñado sellaban un capítulo de mi vida. Ya en el avión, me hice la promesa de nunca olvidar de dónde vine, lo que incluye a mi país, mi familia y mis amigos.

Siempre supe que he nacido con suerte, he metido la pata muchísimas veces, pero aquí estoy, vivito y coleando. He hecho daño sin querer y he hecho sufrir a gente que me quiso, pero en términos generales podría decir que soy una buena persona: soy muy optimista, los problemas no me afectan como a otros y el trabajo no solo no me asusta, sino que me encanta. Tengo bien claro que tener salud, un plato de comida y un techo en el cual vivir es estar mejor parado que mucha gente en el mundo.
Recuerdo cómo desde mi primer día en mi oficina me sentí muy cómodo. Los gringos en esta área (Washington DC – o ‘DC area’ como le dicen acá) están muy acostumbrados a extranjeros, y en una carrera como la mía (Software Engineer), los chinos, rusos e hindúes abundan. Hasta el día de hoy le doy gracias a mi jefe por el esfuerzo que hizo en entender mi inglés masticado. Le pedí que me enviara correos electrónicos dándome los detalles de los programas que quería que hiciera, de esa manera yo podría leerlos 10 veces y estar seguro de lo que él quería.

Después de un par de meses me dieron mi primer proyecto con un plazo de 7 meses para completarlo. Estuvo listo en dos meses y medio. Ese momento cambió muchas cosas en mi carrera profesional en Estados Unidos y me gané el respeto que uno tiene que ganarse. Un par de años después, recuerdo que mi jefe me dijo algo en un tono poco usual en él: “Necesito este programa para la próxima semana, y tiene que estar listo ese viernes”. Lo miré (para ese entonces ya éramos amigos) y le pregunté: “¿Recuerdas algún proyecto que no haya terminado a tiempo?”. Me respondió que no y desde ese entonces solo me dice lo que necesitamos hacer y el día en que tiene que estar terminado. Hasta hoy, en mis evaluaciones anuales, el siempre escribe: “Héctor does what it takes to get the job done” y ese es uno de los puntos que necesitas en este país. A mi jefe no le importa si aparezco o no, si trabajo 6 horas o 14, si me afeité o si mis zapatos están sucios. Solo les interesa que haga un trabajo de calidad y que se termine a tiempo.

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Mi vida social ha sido bastante normal. No tengo muchos amigos latinos, así que lo único que me queda es hablarle del Perú a pocos los que tengo. No creo que tenga un amigo que no sepa de dónde vengo, que no sepa que la comida peruana es la mejor del mundo, que las playas son increíbles y que la gente es muy cariñosa. El día de hoy estoy planeando un viaje al Perú con algunos de ellos para demostrarles que paraíso se escribe con P de Perú.

Creer que todo es perfecto acá seria muy ingenuo. Si bien me comunico sin problema alguno, la picardía o sarcasmo se pierden un poco en un idioma que no es el tuyo. Todos los tramites de inmigración me tienen podrido (sin contar los $12.000 que he gastado). Tener que explicar que el Perú es un país de América del Sur y no de Asia o que América no es un país sino un continente no son mi pasatiempo preferido. En este país conocí por primera vez gente con problemas de depresión o gordura, conocí hermanos y hermanas que no se hablan por años, padres y madres que no están en contacto con sus hijos. Seguro que es diferente, pero a pesar de todo, uno tiene que pensar en sacar las mejores cosas de ambas culturas.

Después de vivir 8 años acá siento que la sociedad americana ha hecho su trabajo: soy recontra puntual, me encanta el orden, obedezco el tráfico, camino mucho más rápido, planeo cosas de manera adelantada, llamo a mis amigos antes de aparecer, ya no me molesta manejar cuarenta minutos para llegar a diferentes sitios, pienso en mi retiro con veinte años de anticipación y tengo un hobby (carrera de autos) que me hace gastar gran parte de mi dinero. Sin embargo, hay ciertas cosas que no cambiarán. Cuando escucho música que me gusta, mi cuerpo se mueve sin querer; no puedo vivir sin comida peruana por mas de dos semanas, tengo que llamar a mis viejos seguido, y sobre todo, hay algo que empecé a sentir luego de un par de años: cuando estoy muy molesto, contento, cuando tengo una pelea con esa preciosa rubia endemoniada que tengo por esposa (la mujeres son iguales en todas partes), o simplemente cuando extraño a mis viejos o a mi hermana, en lo único que pienso es en ir al Perú. Y es que cuando pasa alguna de esas cosas, me veo caminando por el parque de Miraflores (donde viven mis papas), me veo respirando diferente, me veo en la playa comiendo un cebichito con mis amigos o simplemente me veo sentado en el parque Kennedy viendo a la gente pasar. El Perú es como una madre para mí, tiene esa extraña fuerza que me da tranquilidad y apacigua mis males. Creo que la promesa de no olvidar de dónde vengo es una de las más fáciles de mi vida, porque yo también me llamo Perú.

Héctor Malpartida, Estados Unidos

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