En el sprint del GP de Miami, la Fórmula 1 volvió a demostrar que prefiere evitar el caos antes que abrazar el coraje. Pero entre banderas rojas, penalidades y novatadas, un chico de 18 años terminó aprendiendo más que nadie. Un poleman de 18 años, Kimi Antonelli sobre el monoposto Mercedes, y un asfalto mojado prometían una jornada de sprint emotiva. La poca visibilidad en los giros previos a la largada, en medio de banderas rojas, dejaba en claro que los primeros puntos del fin de semana del Gran Premio de Miami se cotizarían al alza. Parecía el tráiler de una película que no sabíamos si sería de gloria, de caos o de aprendizaje brutal.
La espera para la largada llamaba a la reflexión sobre cómo han cambiado los tiempos en la categoría. Aún recordamos jornadas corridas bajo aguaceros épicos —Suzuka 1994, Mónaco 1996, Interlagos 2003— donde el agua no era un límite, sino un escenario. Hoy, con apenas 19 vueltas por recorrer y algo de humedad en pista, la F1 se repliega como si cada gota fuera un riesgo legal. Del coraje pasamos al compliance. De la épica, a la gestión reputacional. Basta recordar Brasil 2016, donde Verstappen construyó su leyenda bajo un diluvio que hoy probablemente hubiera detenido la carrera antes de empezar.
En Spa 2021, la carrera se “disputó” detrás del safety car y se entregaron puntos sin que nadie compitiera de verdad. Y no fue una excepción: cada temporada, la lista de decisiones conservadoras crece más rápido que los adelantamientos. La Fórmula 1 solía preguntarse quién era el más rápido. Hoy parece preguntarse si es el momento adecuado para acelerar. Una frase que bien podría usarse como epitafio para esta versión prudente del espectáculo.
Por eso, la pole de Antonelli no solo emocionaba: inquietaba. Sin embargo, en la primera curva el rookie pagó la novatada frente a los McLaren, que le ganaron la posición y lo relegaron al cuarto lugar. De ahí en adelante vimos la habitual guerra civil entre Piastri y Norris, con una definición cerradísima que se resolvió por una parada en boxes y una bandera amarilla (producto del despiste de Alonso tras el toque de Lawson) que neutralizó el enroque y terminó dándole la victoria a Norris.
Atrás también hubo emoción: toques en la calle de boxes entre Verstappen y Antonelli, que terminaron en una penalización de 10 segundos para el multicampeón; un pinchazo con golpe de Sainz; y un adelantamiento memorable de Hamilton a Max que le dio el tercer lugar al británico. Pésimo día para Verstappen y para Antonelli, que sufrió primero la largada y luego el incidente en boxes, terminando relegado al décimo puesto.
Tal vez la carrera haya sido amarga para el joven Antonelli, pero sin lugar a dudas, sacó más lecciones en estos 18 giros que en todo lo que va de la temporada. Como quien aprende a remar con barro hasta el cuello, su formación hoy no vino de simuladores, sino del golpe seco de una pista que no perdona. Porque si algo enseña la Fórmula 1 —sobre todo a los que recién llegan— es que no basta con acelerar bien; hay que saber sobrevivir cuando todo lo demás sale mal. Hoy fue décimo. Pero si entiende lo que vivió, mañana puede ser otra cosa: un piloto que aprendió a correr en serio, justo el día en que el espectáculo prefirió no arriesgar.