Redacción EC

JORGE PAREDES LAOS

Gran parte de la obra de Sérvulo Gutiérrez aparece dispersa en colecciones particulares.Una pequeña muestra se encuentra en poder de su hermana menor, Cely Gutiérrez, quien posee papeles diversos, dibujos y pinturas del artista. Es un material en gran parte inédito, en los que se observa el trazo firme de Sérvulo, el mismo que se impone en algunas de sus obras más conocidas como “Maternidad” o “Los Andes”.  

LA ETAPA PARISINA

Esta noche habrá un por los cien años del nacimiento de Sérvulo Gutierrez, A pesar del tiempo transcurrido, su obra todavía nos resulta desconcertante por su originalidad, variedad y, sobre todo, por su vitalismo y fuerza expresiva. De hecho, su talento innato para dibujar y pintar se fue modelando a lo largo de una vida desbordada, que no empañó nunca su labor creativa como artista.
Se ha dicho usualmente que su desarrollo artístico empezó cuando terminó su carrera de boxeador, luego de un viaje a Argentina en 1936. Sin embargo, Sérvulo llevaba el arte en las venas. Provenía de una familia numerosa, que tenía entre sus miembros a pintores y restauradores. Pero ese viaje a Argentina sí marcó su futuro. Lo vinculó con los museos y la vida artística de Buenos Aires.  Y después de un matrimonio fugaz en esta ciudad, llegó a París en 1938. Era el año de la gran exposición surrealista. Pero Sérvulo, a los 24 años, quedó maravillado con la Iglesia de Notre Dame y con los posimpresionistas: Van Gogh, Cézanne, Gauguin. Ahí conocerá a César Vallejo y se internará en la bohemia del barrio latino, a donde llegó “como un potro salvaje en un refinado invernadero”, como diría mucho después Juan Ríos, su amigo de aquellos años.

EL GESTO Y LA FURIA
En 1939 Sérvulo retorna a Buenos Aires y conoce a la joven Claudine Fitte, la musa que le cambiará la vida y lo guiará hacia el arte. Según sus biógrafos fue su gran amor, a quien le dedicó algunas  obras notables, pero de la que también se separó para iniciar otras aventuras amorosas.
        Cuando regresa a Lima, en 1940, ya es un artista. Empieza a desarrollar una obra marcada por una furia creativa y original, no adherida a movimientos ni escuelas, y que se irá decantando a medida que crece su leyenda nocturna entre los hoteles, cafés y bares de la ciudad.  
“Es un autodidacta fantástico”, dice la crítica de arte y curadora Élida Román. “Yo creo –agrega– que debemos reivindicar no a ese bohemio alocado de noches interminables, sino al artista que tenía una característica única y personal, y que creaba con una libertad absoluta, donde primaba el gesto”.
Según Román, es por esto que Sérvulo no deja seguidores: “Ha tenido falsificadores pero no seguidores”, asegura. “Lo de él es pura vida, puro gesto. Usaba el color con una libertad tremenda como no se había visto antes en la pintura peruana”. 
 

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