Fútbol peruanoEste resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Hace más de veinte años el Perú enfrentó uno de los períodos más trágicos de su historia. Y desde entonces nos ha rondado la interrogante de cómo recordar o procesar ese pasado reciente. Es de notar que un sector del país todavía sigue resistiéndose a asumir la verdad de lo sucedido y que la polémica sobre el significado de la violencia se reactiva a cada momento con mucha intransigencia y ferocidad. Como comunidad nacional, en el Perú todavía no logramos generar un consenso mínimo acerca de cómo recordar el pasado que vivimos.
Puede decirse, en efecto, que la sociedad peruana ha hablado mucho, pero ha discutido poco, y que esa resistencia a enfrentarse con la dimensión más salvaje de la verdad puede encontrar una explicación en el carácter verdaderamente traumático de lo sucedido. La permanente negación ante las evidencias, vale decir, esa inercia por continuar aferrándose a los estereotipos o a un conjunto de prejuicios que nunca pueden renunciar a sus intereses sigue siendo una práctica común en el escenario actual.
Pero sí hay un agente que está contribuyendo a reformular los imaginarios ciudadanos y a transmitir la memoria. Me refiero a las representaciones simbólicas. Es decir, el informe de la CVR ha tenido una repercusión importante en el campo de la cultura y muchas de sus principales conclusiones están ingresando al imaginario nacional —y, ojalá, a las prácticas institucionales— a partir de un conjunto de objetos creados por un gran número de artistas en el país.
Objetos Culturales
Lo que sostiene "Poéticas del duelo" es que existe una serie de objetos (películas, novelas, retablos, performances, etc.), que están sirviendo para trasformar los sentidos comunes existentes, y que van abriendo significativos espacios de conciencia ciudadana y de memoria política.
Los objetos artísticos están desempeñando un papel central, aunque a veces clandestino, en el escenario político contemporáneo. Las políticas culturales deben ser las encargadas de asumir su fomento y circulación. No se trata de afirmar que el arte sustituya a la política, pero sí de señalar cómo, en un país sin partidos sólidos y con una esfera pública degradada, las representaciones simbólicas cumplen un papel importante. Es decir, ante una permanente negación de lo sucedido y la incapacidad que siguen mostrando los sectores oficiales para lidiar con los traumas y la verdad, está surgiendo, de parte de muchos artistas peruanos, un importantísimo esfuerzo por representar los legados de la violencia y por renovar este debate en la esfera pública.
Estos objetos —como los retablos de Edilberto Jiménez, las cantutas de Ricardo Wiesse, las imágenes de Yuyanapaq o una canción como “Flor de retama”— nos dicen que la violencia de las décadas pasadas no fue un episodio más en la historia peruana, sino un periodo central que nos permite observar el país que tuvimos y que, de una u otra manera, seguimos reproduciendo como si nada hubiera sucedido.
Esto también lo vemos en algunas cintas peruanas recientes, en las que se percibe ese deterioro de los vínculos sociales ("Días de Santiago", 2004); los miedos y traumas generados por la violencia que no pueden ser entendidos ni menos procesados ("La teta asustada", 2009); o la incertidumbre frente al futuro ("Paraíso", 2010). Estas tres películas apuntan a subrayar algo que no está suficientemente narrado en los discursos oficiales. Me refiero a la caída del padre —el Estado nacional—, al descrédito de la masculinidad hegemónica, a la negativa de procesar la historia reciente y a un universo social deteriorado, que solo ofrece una cultura del simulacro como único rumbo posible.
Hoy hemos aprendido que la violencia mostró una sociedad desgarrada, llena de rencor y cuyos procesos de modernización fueron siempre excluyentes. La violencia en el Perú se originó contra un Estado que históricamente tuvo poca presencia en el país, y cuyo desempeño en los Andes y en la selva, sobre todo, fue por lo general de confrontación con la gente.
Desgraciadamente, estos patrones no han cambiado en las últimas décadas, pese al crecimiento económico y un optimismo amnésico que intenta imponerse a como dé lugar. Resulta claro que hoy el imaginario nacional sigue dominado por discursos autoritarios que continúan desentendiéndose de la voluntad de construir una cultura más democrática y participativa. Este libro apuesta por sostener, tercamente, que la cultura y el arte sirven para insistir en viejas preguntas, para visibilizar mejor el presente, para saldar algunas deudas con el pasado y para intentar construir nuevos sentidos de comunidad hacia el futuro.
Libro: Poéticas del duelo
Autor: Víctor Vich
Editorial: Instituto de Estudios Peruanos
Páginas: 314
Precio: S/.60,00













