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Claustro interior del monasterio Santa Catalina de Siena, en Lima.

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Resumen
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En la Lima del siglo XVII, se calcula que el 10% de la población femenina vivía en sus monasterios. No todas eran monjas. Las religiosas de velo negro eran las de mayor categoría. Luego se ubican las de velo blanco, las novicias. A continuación en la pirámide social, se encontraba una gran cantidad de mujeres, viudas o víctimas de un marido violento, que decidían alojarse entre sus muros toda la vida. Y a su servicio, numerosas sirvientas y esclavas. A Lima se le llamaba ciudad monasterio.
En la Lima del siglo XVII, se calcula que el 10% de la población femenina vivía en sus monasterios. No todas eran monjas. Las religiosas de velo negro eran las de mayor categoría. Luego se ubican las de velo blanco, las novicias. A continuación en la pirámide social, se encontraba una gran cantidad de mujeres, viudas o víctimas de un marido violento, que decidían alojarse entre sus muros toda la vida. Y a su servicio, numerosas sirvientas y esclavas. A Lima se le llamaba ciudad monasterio.
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Consideradas un escalón inferior del monasterio, estaban las beaterías. Se fundaban generalmente como casas de acogida y de recogimiento para viudas o huérfanas, y que luego adquirían una categoría más oficial. Eran mujeres que llevaban el hábito, pero sin profesar los votos. Podían entrar y salir a la calle. En muchos casos, fortalecida con los años y tras gestiones con el rey y el arzobispo, la beatería podía convertirse en monasterio. Generalmente poco tomadas en cuenta, la conducta de las llamadas ‘beatas’ se convirtió en modelo a seguir para la espiritualidad limeña a partir de la aparición de Isabel Flores de Oliva, nuestra Santa Rosa de Lima, beata terciaria que fuera primero franciscana y que posteriormente tomara los hábitos dominicos, sin nunca profesar como monja. “Desde el siglo XVIII se empiezan a fundar monasterios de Santa Rosa de Lima, y las monjas empiezan a retratarse con la corona de rosas”, dice el experto.

Como suele pasar con los volúmenes de la colección “Arte y Tesoros del Perú”, el tema de “Contemplativas. Monasterios en el Virreinato del Perú”, tiene que ver con el patrimonio artístico. Sin embargo, esta nueva entrega de la serie publicada por el Banco de Crédito del Perú es también una historia de las mujeres, de la economía virreinal, de las tensiones en el clero y, especialmente, de las monjas dominicas, concepcionistas, agustinas, carmelitas reformadas, clarisas, bernardas y trinitarias.
Como señala Luis Eduardo Wuffarden, historiador del arte y responsable de la edición, los monasterios eran un microcosmos de la sociedad colonial. Una ciudad dentro de otra, donde estaban representados todos los estratos sociales. Y donde se reeditaban problemas similares a los de la ciudad que los contenía, así como los que podían surgir al interior de un mundo femenino, encerrado dentro de los muros del claustro. Aquí aparece la paradoja: la clausura era un espacio de libertad femenina, si entendemos por ser libre la independencia. “En una sociedad tremendamente machista y muchas veces violenta, constituía un refugio para muchas mujeres”, afirma el historiador.

“Es interesante cómo estos mundos femeninos se organizaron perfectamente”, explica Wuffarden. “En muchos casos, realizaban actividades financieras, convirtiéndose, de cierto modo, en los primeros bancos en las ciudades. Incluso hacían préstamos”.
Hallazgos en el monasterio
“Contemplativas” nos ofrece una oportunidad de ver arte religioso inédito, un patrimonio que nunca estuvo a la vista del público. “A diferencia del patrimonio de las iglesias, más o menos conocido, ha habido muy poco acceso de los investigadores a los claustros. Lo que había en ellos se había visto muy poco”, afirma el investigador. ¿Cómo se ha logrado este privilegiado acceso? A decir de Wuffarden, en mucho ha contribuido el trabajo por años de esta institución bancaria en el auspicio para la restauración de los edificios eclesiásticos. “Esta relación de confianza hizo mucho más fácil el ingreso. Convencimos a las religiosas de la importancia de compartir su patrimonio, pues la publicación de estas piezas es, en cierto modo, un seguro para las mismas frente a los robos”, explica.

Así, el volumen despliega un mundo de imágenes que rodeaban la vida de estas mujeres, que servía de apoyo para la oración y la contemplación. En varios de estos monasterios hay lo que se llama “ermitas”, lugares pequeños, presididos por un retablo. En ellos, explica el historiador, se reúne un patrimonio acumulado a lo largo del tiempo: pinturas sobre cobre, reliquias, trabajos realizados por las mismas monjas. “Con los años, iban formando una especie de gabinete de maravillas, al alcance solo de la comunidad religiosa. Es un material realmente precioso”, afirma Wuffarden. Se han descubierto pinturas venidas de México, porcelanas orientales o europeas. “Todo esto reunido genera una atmósfera muy especial”, dice Wuffarden, quien destaca, por ejemplo, “La Anunciación” en el Monasterio de nuestra señora del Prado, en Barrios Altos, firmada por José de la Parra, artista probablemente limeño. “En el cuadro puede verse un detalle del que nadie se había percatado. Se ve un grupo de caballeros que probablemente son los que patrocinaron la construcción del templo”, explica. Asimismo, resultan fascinantes piezas como un crucifijo atribuido a Zurbarán, en el mismo lugar, maestro nacido en Extremadura que sintonizaba con la espiritualidad de las comunidades monásticas de la época, y de cuyo taller salían hacia América piezas sueltas o series completas. “Zurbarán sería luego desplazado por otro tipo de pintores post tenebristas, como Bartolomé Esteban Murillo, con una sensibilidad más avanzada para la época.

Contando con investigaciones de expertos como Irma Barriga, Pedro Guibivich, Ricardo Kusunoki, Ramón Mujica, Margarita Suarez, Daniel Vifian y Juan Pablo El Sous Zavala, los ensayos que recopila el libro se han beneficiado de hallazgos recientes, datos relacionados con la economía de los monasterios, de la condición de las mujeres en el virreinato, o incluso sobre la contribución de las comunidades de monjas a la historia de la gastronomía peruana, sea en la preparación de guisos o en su inveterada tradición dulcera. Temas tan sugerentes como el de la dote a pagar por las familias de las monjas para entrar al convento, que iba de acuerdo con su posición económica. A mayor dote, mayor consideración de la religiosa dentro del claustro. O las elecciones de autoridades al interior de los conventos, que movilizaban a todos los limeños. Gente que tomaba partido por sus parientes. Cada monja que postulaba a abadesa tenía una bandera, y podían armarse líos tremendos en aquellos trances electorales.
Monasterios en caída
Con la Independencia, el poder económico de la iglesia, ya golpeada por las reformas borbónicas, decae mucho más. Como explica Wuffarden, las políticas del Estado republicano tendieron a reducir físicamente los recintos religiosos, expropiando terrenos para ampliar las avenidas, en plena modernización de una ciudad en crecimiento. “Ese fenómeno fue mucho más fuerte en Lima”, afirma el historiador. Se dice que Castilla hizo expropiar los terrenos de un monasterio para hacer una huerta. En el centro de Lima desapareció el monasterio de la Encarnación, y posteriormente el de la Concepción, otro de los grandes monasterios de la ciudad, sucumbió con la ampliación de la avenida Tacna”, recuerda. Para entonces, el mapa de la ciudad había cambiado por completo.
Los monasterios vieron reducidos sus terrenos y su población. Las Cistercienses, por ejemplo, que habitaban el monasterio de la Santísima Trinidad, finalmente se redujeron tanto que decidieron irse a España. Solo quedaron unos cuantos en el estado precario en que se encuentran ahora. Otros han tenido mejor suerte: el monasterio de las Trinitarias, por ejemplo, ha sido restaurado integralmente por el equipo de Prolima. “A pesar de su austeridad y de su pobreza, las comunidades de monjas han sido agentes muy activos en la conservación de su patrimonio. Podríamos decir que, ante los robos sacrílegos, las iglesias han estado más expuestas que los monasterios. La clausura ha sido un factor que ha protegido ese patrimonio. Sería importante que la sociedad civil las apoye en esa tarea”, añade.
Uno de los personajes más interesantes desarrollados en “Contemplativas” resulta Úrsula del Santísimo Sacramento, quien fue una mística afroperuana que vivió en el Monasterio de Santa Clara en Lima y cuya historia de paso de la esclavitud a la vida religiosa resulta fascinante. “Las investigaciones sobre ella están de plena actualidad. Curiosamente, no era monja, pues las mujeres afrodescendientes no podían serlo. Era una ‘donada’. Sin embargo, fue considerada la religiosa más ilustre de ese monasterio. Su retrato la muestra con un libro sobre la mesa, para hacer notar su oficio de escritora. Sus memorias son ahora objeto de estudio”, afirma Wuffarden.










