Por Irene Vallejo

La literatura occidental comienza rabiosa. La primera palabra de la Ilíada es “cólera”: antes que a los dioses o a los seres humanos, el poeta invoca la ira, la ofensa que hiere y hierve. En su mundo reina el apetito de pelea, el combate donde se compite, la glotonería de gloria. Las voces de los guerreros arengan, aúllan y retumban. De hecho, el adjetivo “estentóreo” deriva de Esténtor, un personaje del poema que, según Homero, gritaba con el ruido y la furia de cincuenta hombres.

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