Por Abby Ardiles

“Ese edificio está chueco, ahí se empotró un coche-bomba”, comentan señalando los vendedores de la calle Tarata, en Miraflores, hacia una edificación que se encuentra en la esquina de la misma vía en el cruce con la calle Schell. Los antiguos comerciantes aún permanecen en el lugar que hace 30 años se bañó de sangre y caos tras el mayor atentado que perpetuó el grupo terrorista Sendero Luminoso en 1992.

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