El arte de la fuga en la literatura y el cine
El arte de la fuga en la literatura y el cine

Parece literatura, pero no lo es. El último 8 de enero, , de 27 años, recibió la visita de su hermano gemelo Giancarlo Delgado Herrera en el penal de Ancón I, lo pepeó, se puso su ropa, lo dejó encerrado en la celda y salió campante delante de todos los agentes de seguridad. El rostro era el mismo y a la vez no lo era.
Esta modalidad de escapatoria por suplantación, que bien podría ser el argumento de una ficción, es muy parecida a la que usó Edmond Dantès para huir del castillo de If en “El conde de Montecristo”, tal vez la novela más representativa de la historia en cuanto a la temática de la fuga. En la novela de Dumas padre, Dantès logra salir de su prisión fingiendo ser un cadáver. Todo el periplo hasta su liberación definitiva completa una obra maestra de la narración.

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LITERATURA Y ESCAPISMO

Entre las tantas historias de fuga en el Perú, una de las más sonadas fue la de 47 miembros del MRTA, liderados por Víctor Polay Campos, del penal Castro Castro el 9 de julio de 1990. Lo hicieron por un túnel de 250 metros de largo, que fue construido desde afuera hacia adentro. El libro “Los topos” del periodista Guillermo Thorndike ahondó en ese capítulo de la historia, que no se salvó de las polémicas: se le achacaba ausencia de imparcialidad respecto a los protagonistas de la historia.

El tópico de la fuga subterránea puede leerse en todas sus dimensiones en “Rita Hayworth y la redención de Shawshank”, novela corta de Stephen King que luego se popularizaría en su versión cinematográfica “Sueños de libertad”. Allí, el protagonista encuentra en los libros un refugio que lo impulsa a olvidar su encierro. No por nada a gran parte de las historias de fantasía se las cataloga como “literatura escapista”. Leer es siempre, en el fondo, una manera de huir de la realidad.

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REYES DE LA FUGA

En “Papillon”, la famosa autobiografía del francés Henri Charrière, las escapadas son innumerables. Encerrado en una prisión de trabajos forzados en la Guayana Francesa, el tipo se las ingenió una y otra vez para recuperar su libertad.

Con dotes literarias mucho más discutibles, el ex presidente Alan García también describió su huida en 1992 debido a la persecución que sufrió por el gobierno del entonces mandatario Alberto Fujimori. En “El mundo de Maquiavelo”, García narra en detalle cómo trepó muros y escaleras de su vecindario en Chacarilla para evitar a las tropas militares que lo buscaban. Cuenta, incluso, que tuvo que pasar la noche en el tanque de agua vacío de una casa vecina.

Su destino fue París, previa escala en Colombia, pero García no regresaría al Perú sino hasta casi 10 años después. Quiso el destino que volviera para ser elegido presidente nuevamente. Quiso también que su perseguidor de entonces, Alberto Fujimori, esté hasta hoy purgando condena. Son los peculiares giros literarios que da la vida. 
Hablando de ex mandatarios, hoy la coyuntura nos presenta a un Alejandro Toledo impedido de aterrizar en un país y con un pedido presidencial de extradición encima. Un personaje en busca de un autor en una intriga digna de novela que alarga una genealogía que va desde la polémica entre los viajes de Prado y Piérola hasta el de Fujimori y su renuncia por fax. Con estos insumos, cabría preguntarse si nuestra realidad –y la realidad política en particular– no es más apasionante que los libros. En todo caso, la fuga reclama ser escrita. Hay material de sobra.

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