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“En Sudán se están cometiendo atrocidades de las que el mundo no quiere hablar”, alerta Médicos sin Fronteras
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El 26 de octubre, tras un asedio que duró 18 meses, la ciudad de El Fasher, capital del estado de Darfur del Norte, cayó en manos del grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), tras derrotar a las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF), que son los elementos que apoyan al gobierno. La captura marcó una escalada significativa en la guerra civil que desangra a Sudán debido a que El Fasher era uno de los últimos bastiones del ejército en la región occidental del país africano.
Tras la caída de El Fasher, las organizaciones de derechos humanos y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) denunciaron “atrocidades inimaginables” que incluyeron ejecuciones sumarias, violencia étnica, desplazamiento masivo de civiles y restricción del acceso humanitario.
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Se estima que decenas de miles de personas huyeron de la ciudad y muchas miles permanecen atrapadas, lo que agrava las condiciones de hambre, salud y protección en uno de los escenarios más graves de la crisis sudanesa.

Las RSF, dirigidas por Mohamed Hamdan Dagalo (también conocido como “Hemedti”), son una fuerza paramilitar que se originó a partir de las milicias Janjaweed en Darfur.
Mientras que las SAF, bajo el liderazgo de Abdel Fattah al‑Burhan, líder del Consejo Soberano de Sudán y jefe de Estado transitorio, representan el poder estatal formal.
La guerra en Sudán comenzó el 15 de abril del 2023, cuando estallaron combates abiertos entre las SAF y las RSF. El conflicto surgió tras meses de tensiones entre los líderes de ambos bandos, que habían compartido el poder tras el golpe militar del 2021, pero cuyas rivalidades sobre la integración de las RSF al ejército nacional derivaron en un conflicto armado a gran escala.
Desde entonces, la guerra ha devastado este país de 50 millones de habitantes: más de 15 millones de personas han sido desplazadas, según la ONU; y alrededor de 25 millones necesitan ayuda humanitaria urgente, incluyendo casi 14 millones de niños.

José Sánchez, coordinador médico del equipo de emergencias de Médicos Sin Fronteras (MSF), trabaja con la organización desde el 2010 y actualmente está es su cuarta misión en Darfur, región clave a la que pertenece El Fasher.
En diálogo con El Comercio, Sánchez dice que MSF apoya varios hospitales en Sudán, tanto en áreas controladas por la RSF como por el gobierno. “Nuestro compromiso es brindar atención sanitaria a toda la población sudanesa, sin importar de qué lado del conflicto se encuentre”, remarca.

— ¿Cómo describiría lo que se está viendo en Sudán, teniendo en cuenta que Médicos Sin Fronteras tiene un hospital en Tawila, cerca de El Fasher?
Estamos a unos 60 kilómetros de El Fasher, en la ciudad de Tawila. Apoyamos el hospital local desde octubre del año pasado, cuando empezó a llegar una gran cantidad de desplazados internos que huían del asedio en El Fasher. En las últimas semanas hemos visto un aumento en el número de personas que llegan, especialmente después del 26 de octubre, cuando las Fuerza de Apoyo Rápido tomó la ciudad y mucha gente pudo escapar.
—¿En qué condiciones están llegando esas personas? ¿Qué tipo de heridas atienden ustedes?
Llegan en condiciones muy precarias, con estados de desnutrición alarmantes, tanto en niños como en adultos. Hay que recordar que Al Fasher estuvo 17 meses bajo asedio, prácticamente sin entrada de alimentos ni suministros. Ya se había declarado una hambruna hace un año, y ahora vemos las consecuencias.
Atendemos heridos de bala, fracturas, lesiones por palizas o torturas, y muchas heridas infectadas o complicadas porque no recibieron atención médica oportuna. Nuestro hospital en El Fasher tuvo que cerrar en octubre de 2024, y casi no quedaron centros funcionando. Por eso mucha gente llega con heridas antiguas e infecciones graves.

—¿Tienen acceso directo a El Fasher?
No. No hay comunicación con la ciudad. Lo que sabemos es por los testimonios de quienes llegan a Tawila. Muchos cuentan que presenciaron torturas, ejecuciones, secuestros y que algunas personas siguen retenidas mientras sus familias deben pagar rescates. También hay numerosos casos de violencia sexual ocurridos durante el trayecto desde Al Fasher hasta Tawila.
Las necesidades de apoyo psicológico son enormes: casi todos han perdido familiares o han visto morir a seres queridos. Atendemos a muchos niños huérfanos cuyos padres fueron asesinados en el camino o durante el asedio. Encontraron a mucha gente muerta en el camino. El trauma colectivo es muy profundo.
— ¿Qué significa, en términos médicos y logísticos, atender a esta cantidad de personas en una zona tan aislada y con recursos limitados?
Tawila tiene entre 600.000 y 800.000 habitantes. El hospital que apoyamos, el único de la zona, tiene unas 200 camas. En las últimas semanas ha estado completamente lleno: el quirófano funciona las 24 horas por la cantidad de heridos que llegan. Muchos becesitan asistencia inmediata.
Estamos reforzando el equipo quirúrgico, pero enfrentamos enormes limitaciones para conseguir medicamentos y materiales, además de bloqueos administrativos. Hacemos lo que podemos con los recursos disponibles, pero la ayuda humanitaria es insuficiente.
Según estimaciones de la ONU, Sudán necesita fondos para asistir a más de 12 millones de desplazados internos y 4 millones que están fuera del país. Sin embargo, apenas se ha cubierto el 30% de lo necesario para responder a esta crisis.

— ¿Cómo están manejando el flujo de suministros médicos, combustible o alimentos en Tawila?
El asedio de Al Fasher duró 17 meses. Ahora la Fuerza de Apoyo Rápido controla la ciudad y los alrededores. Tawila es considerada una zona relativamente segura porque hay grupos armados neutrales, por eso muchas personas buscan refugio aquí.
Desde la frontera con Chad se tarda tres o cuatro días por carretera para llegar a Tawila. No hay conexión con la otra parte de Sudán, controlada por las Fuerzas Armadas, lo que complica el transporte de insumos médicos. Las vías son precarias, el espacio aéreo está limitado, y los suministros deben viajar por tierra con enormes dificultades.
— ¿Han enfrentado incidentes o amenazas que pongan en riesgo al personal de salud?
En estos dos años hemos sufrido muchos incidentes en hospitales y con nuestro personal médico. Una de las grandes preocupaciones que hay en Sudán es que se han reportado muchos ataques. En Tawila, por ahora, el trabajo continúa sin mayores incidentes porque es una zona relativamente segura y no participa directamente en los combates, a diferencia de Al Fasher u otras regiones del país donde el conflicto sigue activo.

— ¿Cómo impacta emocionalmente trabajar en este contexto? ¿Qué los motiva a permanecer?
Es muy duro ver la situación en la que vive la población: sin agua potable, sin alimentos, sin refugio ni saneamiento, ni un sitio para dormir. Todo es precario. Pero alguien tiene que hacer algo.
La gente depende totalmente de la ayuda internacional. Hoy se proporciona apenas un litro y medio de agua por persona al día, cuando el estándar mínimo son 15 litros. Las distribuciones de alimentos de Naciones Unidas no alcanzan para todos. Si no estuvieran las organizaciones humanitarias, la situación de la población sería muchísimo peor.
— Desde su perspectiva, ¿qué debería saber el mundo sobre lo que está pasando en Sudán?
Desde Médicos Sin Fronteras pedimos a todas las partes, especialmente a la Fuerza de Apoyo Rápido y sus aliados, que respeten a la población civil y permitan que las personas puedan llegar a zonas seguras.
Hay miles de civiles aún retenidos en Al Fasher. Además, hacemos un llamado a los países con influencia —Estados Unidos, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Egipto— para que utilicen su poder diplomático y ayuden a detener esta masacre, porque se está matando a mucha gente. En Sudán se están cometiendo atrocidades: ejecuciones, torturas, violencia sexual de lo que no se habla mucho fuera del país, queremos que se sepa para que se pueda intentar solucionar el problema. Es una tragedia que pasa casi inadvertida fuera del país.











