Mañana es el Día de San Valentín y el Perú lo recibe en medio de una riña entre las dos economías más grandes del mundo, Estados Unidos y China, que se acusan mutuamente de poner en riesgo nuestra soberanía. Como sabe cualquiera que ha sido protagonista de una competencia entre dos ‘galanes’ por nuestros afectos, al final en estos triángulos quien lleva las de perder es la manzana de la discordia: lo menos relevante suele ser la autonomía del objeto del deseo y, más bien, la prioridad de los adversarios es impresionarse el uno al otro.
Hasta ahora nos las hemos ingeniado para navegar, más mal que bien, nuestras relaciones con estos dos gigantes. Tenemos tratados de libre comercio (TLC) con ambos, además de un saludable y complementario intercambio comercial con cada uno, dado que China demanda materias primas y Estados Unidos es un destino clave para nuestra agroindustria. Sin embargo, este delicado equilibrio parece estarse rompiendo debido al escalamiento del conflicto geopolítico entre ambas potencias y a la expresa búsqueda del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, por materializar una Doctrina Monroe 2.0 en América Latina.
Aquí hay que pisar con mucho cuidado. Frente a estos dos colosos, somos un grano de arroz. La diferencia en escala se hace evidente cuando vemos la impotencia de las entidades del Estado Peruano ante la empresa china que construyó el Terminal Portuario Multipropósito de Chancay, por un lado, y nuestra resignación ante la imposición de aranceles por Estados Unidos en violación a nuestro TLC, por otro.
El último capítulo de esta novela ha sido la resolución del Poder Judicial que impide a Ositrán supervisar esa infraestructura de uso público debido a que es una inversión privada de Cosco Shipping Ports y no existe un contrato de concesión.
Esta decisión ha sido usada como excusa por el embajador de Estados Unidos en el Perú, Bernie Navarro, para advertirnos que “no hay precio más alto que perder soberanía”, mientras que la Embajada de China ha respondido que se oponen “firmemente a las acciones que interfieren en la soberanía, la seguridad y los intereses de desarrollo de otros países”.
No pensemos que esta disputa es una señal de nuestro atractivo o que somos ‘clave’. El gobierno actual y el próximo deberían entender el considerable riesgo detrás de estas presiones por elegir entre la ‘hamburguesa’ y el ‘chifa’. Toca hilar muy fino y preparar nuestro marco regulatorio y fortaleza diplomática para, precisamente, tratar de proteger nuestra soberanía de quienes dicen que están preocupados por ella.
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