Lo que parecía increíble ha empezado a suceder. La legión de seguidores incondicionales de Donald Trump, la base dura de su movimiento Make America Great Again (MAGA), lo está empezando a cuestionar. No son buenas noticias para él.
Pensemos que la política estadounidense se basa en los votos, en el electorado que sube o baja el dedo a sus autoridades de acuerdo con el cumplimiento de sus promesas y el devenir de sus bolsillos. Para los estadounidenses, eso es imprescindible en cada elección. Por eso, desde Washington miran más hacia sus potenciales votantes que hacia el exterior. Los MAGA han sido los más furibundos defensores del presidente y se han convertido en el sector predominante y más influyente del Partido Republicano. Ante esto, muchos conservadores se apartaron, desde los más moderados hasta los más ‘halcones’, mientras otros optaron por mirar a un lado y aceptar que los más recalcitrantes trumpistas cooptaran el partido de Abraham Lincoln.
Pero ahora las costuras se han soltado y el motivo ha sido algo inesperado: Israel. La política exterior de Estados Unidos siempre se ha alineado con los intereses de Israel, sea desde el lado demócrata o republicano. El lobby de Aipac (siglas del Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí) ha trabajado con eficiencia en ambos partidos desde hace décadas, y Washington ha sido, y sigue siendo, el principal aliado del Estado hebreo.
Sin embargo, la posibilidad de que Estados Unidos entre en guerra con Irán para avalar los planes de Benjamin Netanyahu ha sido la línea roja que no pretenden cruzar los férreos defensores de la agenda MAGA, que sienten que el gobierno está a un paso de traicionar sus principios sustentados en ‘America First’. El propio Trump lo dijo innumerables veces en campaña: EE.UU. no tiene por qué avalar guerras ajenas y gastar millones de dólares en ello.
Figuras representativas de la facción ultra como la legisladora Marjorie Taylor-Greene, el comentarista Tucker Carlson y hasta influyentes ‘podcasters’ como Joe Rogan y Theo Von (claves para la victoria de Trump) han criticado la posibilidad de entrar en una nueva guerra en Medio Oriente, teniendo en cuenta los tragos amargos que dejaron Iraq y Afganistán.
El presidente es consciente de que no puede perder su base electoral más fiel y que la grieta entre los MAGA y los republicanos proisraelíes se está ampliando de manera peligrosa. Por el momento, se ha tomado dos semanas para pensar si se involucra de lleno con Israel para atacar a Irán, mientras espera que las aguas se apacigüen en sus propias filas. Lo que vaya a decidir puede ser crucial para su capital político. Y eso también lo saben en Teherán.
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