El 2026 es un año decisivo. La mayor fuente de inestabilidad global no serán China, Rusia, Irán ni los aproximadamente 60 conflictos que arden en todo el planeta, la mayor cantidad desde la Segunda Guerra Mundial. Será Estados Unidos. Esa es la idea central del informe Top Risks 2026 del Eurasia Group: el país más poderoso del mundo, el mismo que construyó y lideró el orden global de posguerra, ahora está desmantelándolo activamente, dirigido por un presidente más comprometido y capaz de remodelar el papel de Estados Unidos en el mundo que cualquiera de sus predecesores modernos.
El fin de semana pasado ofreció un adelanto de lo que está por venir. Tras meses de creciente presión –sanciones, un masivo despliegue naval y un bloqueo petrolero total–, fuerzas especiales estadounidenses capturaron en Caracas al hombre fuerte de Venezuela, Nicolás Maduro, y lo trasladaron a Nueva York para enfrentar cargos criminales. Sin bajas estadounidenses y con un dictador derrocado y llevado ante la justicia, fue la victoria militar más limpia de Donald Trump en el escenario internacional.
El propio Trump ya ha bautizado su estrategia hemisférica como la “Doctrina Donroe”, su reinterpretación personal de la Doctrina Monroe del siglo XIX. Pero donde Monroe advertía a las potencias europeas que se mantuvieran fuera del continente americano, Trump recurre a la presión militar, la coerción económica y los ajustes de cuentas personales para someter a la región a su voluntad. Y apenas está comenzando.
Esto no es aislacionismo bajo la bandera de “America First”. Al contrario: Estados Unidos está hoy más entrelazado que nunca con Israel y los estados del Golfo. Su disposición a golpear a Irán el año pasado y a interferir en la política europea no encajan precisamente en una lógica de repliegue. Tampoco sirve el marco clásico de las “esferas de influencia”. Trump no está repartiendo el mundo con potencias rivales que se respetan mutuamente los límites; Washington acaba de enviar a Taiwán el mayor paquete de armas de su historia, y su postura en el Indo-Pacífico dista mucho de sugerir que esté dispuesto a cederle Asia a China.
La política exterior de Trump ya no se rige por los ejes tradicionales: aliados versus adversarios, democracias contra autocracias, competidores estratégicos frente a socios cooperativos. Opera con una lógica más rudimentaria: ¿puedes golpearlo con la fuerza suficiente como para hacerle daño? Si la respuesta es no, y tienes algo que él quiere, eres un objetivo. Si la respuesta es sí, negociará un trato.
Quería derrocar a Maduro, y no había nada que el venezolano pudiera hacer para impedirlo. Sin aliados dispuestos a actuar, sin un ejército capaz de responder, sin palancas de presión sobre nada que importara a Trump, su destino estaba sellado. Fue removido. Poco importa que toda la estructura del régimen venezolano siga intacta y que cualquier transición hacia una democracia estable sea incierta, caótica y, en última instancia, responsabilidad –o tragedia– de los propios venezolanos.
A Trump no le preocupa que Venezuela siga gobernada por un régimen represivo, siempre que actúe según sus designios (de hecho, prefirió ese arreglo antes que un gobierno encabezado por la oposición). La amenaza del “o si no” ya parece dar resultados: el presidente anunció que las nuevas autoridades venezolanas entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos, cuyos ingresos –según sus propias palabras– serán “controlados por mí, como presidente”. Ese aparente éxito, por estrecho que sea, lo envalentonará a redoblar su estrategia y mirar más allá: hacia Cuba, Colombia, Nicaragua, México o incluso Groenlandia.
En el extremo opuesto está China. Cuando Trump elevó los aranceles el año pasado, Beijing respondió restringiendo la exportación de tierras raras y minerales críticos –insumos esenciales para una amplia gama de productos civiles y militares del siglo XXI–. La vulnerabilidad quedó expuesta, y Trump tuvo que retroceder. Ahora intenta preservar la distensión a cualquier precio, decidido a sellar un acuerdo que le otorgue una victoria política.
No es una estrategia grandiosa, sino la ley de la selva: poder unilateral ejercido allí donde Trump percibe que puede salirse con la suya, divorciado de las normas, los procesos burocráticos, las alianzas y las instituciones multilaterales que antaño le daban legitimidad. A medida que las presiones internas aumentan –electores irritados por el costo de vida, derrotas legislativas que se asoman, márgenes comerciales en declive– y su urgencia por dejar huella crece, su disposición a correr riesgos en el ámbito de la seguridad, donde conserva margen de maniobra, también se amplía. El hemisferio occidental, terreno fértil y propicio, ofrece una presa abundante: un entorno donde Estados Unidos posee una ventaja asimétrica que nadie puede contrarrestar y donde Trump cosecha triunfos fáciles con costos mínimos. Pero su mirada no se detiene ahí.
Las recientes amenazas a Groenlandia dejan claro que Europa también forma parte de su lista de objetivos. Las tres mayores economías del continente inician el año con gobiernos débiles, impopulares y acosados por populistas desde dentro, con Rusia a las puertas y una administración estadounidense que respalda abiertamente a la extrema derecha que busca fragmentarlas aún más. Si Europa no logra pronto construir poder de negociación y generar costos tangibles para Washington –costos que Trump realmente valore–, sufrirá la misma presión que hoy aplica en el resto del hemisferio.
Para la mayoría de los países, lidiar con un Estados Unidos imprevisible, volátil y peligroso se ha vuelto una tarea geopolítica urgente. Algunos fracasarán; Europa quizá ya llegue tarde para adaptarse. Otros prosperarán: China, más paciente y ahora en posición ventajosa, parece dispuesta a dejar que su rival se autodestruya y ganar casi por inercia. Xi Jinping puede permitirse el lujo de pensar a largo plazo. Estará en el poder mucho después de que el mandato de Trump termine en el 2029.
Pero el daño al poder estadounidense trascenderá este gobierno. Las alianzas, las asociaciones y la credibilidad no son adornos ni concesiones diplomáticas: son multiplicadores de fuerza que le han otorgado a Washington una influencia que ni su poder militar ni su riqueza podrían sostener por sí solos. Trump está dilapidando esa herencia, tratándola como un obstáculo más que como un activo, gobernando como si el poder de Estados Unidos existiera fuera del tiempo y pudiera reconfigurar el mundo por la fuerza sin consecuencias duraderas. Pero las alianzas que está rompiendo no se recompondrán cuando llegue el próximo presidente. La credibilidad tarda generaciones en reconstruirse –si es que puede reconstruirse alguna vez–.
Así que sí, el 2026 es un año decisivo. No porque vayamos a conocer el desenlace, sino porque comenzaremos a ver qué sucede cuando el país que escribió las reglas decide que ya no quiere cumplirlas.
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