Billy Idol se presentaba en Lima. Era algo alucinante porque cuando era adolescente Billy Idol era nuestro chico malo. Gerardo Manuel desde Disco Club nos presentaba los videos hechos en formato de cine donde el rubio británico vestido en cuero y pelo rubísimo en punta, premunido de muñequeras con clavos, lucía una mirada amenazante. En las actuaciones escolares, el grupo rockero escolar que devendría en Arena Hash hacía covers de Billy; era una forma de vivir una rebeldía en medio de la violencia política, la crisis económica, la incertidumbre y el miedo.
El punk, nacido en Inglaterra, se confrontaba a los símbolos sagrados de los británicos. Destrozaba la bandera inglesa y hacía camisetas con ella y rasgaba las fotos de la reina para la cubierta del álbum de los Sex Pistols, banda emblemática del movimiento. La estética punk negaba el arreglo corporal de las joyas convencionales y prefería usar cadenas, clavos, imperdibles y púas. Las publicaciones dejaban de lado la convención editorial para dar lugar al bricolaje de pegar cosas en yuxtaposición caótica dando lugar al fanzine. La música se convertía en ruido y en grito contra el sistema. En realidad, todo buscaba ser hecho “por uno mismo” bajo el lema “do it yourself” frente a la producción en masa del sistema capitalista. Y fue precisamente la economía de mercado la que finalmente (cuándo no) absorbió gran parte de este movimiento al convertirlo en un producto de venta, su estética se convirtió en producto, se vendieron camisetas hechas con la bandera inglesa y discos con ritmos punk domesticados, se puso de moda el peinado punk y los accesorios de ropa que antes eran contraculturales.
Querido lector, querida lectora, estos movimientos juveniles han sido muy importantes en la historia reciente. El hipismo ayudó a cuestionar la excesiva formalidad social que imperaba en la educación universitaria y las jerarquías entre hombre y mujer y el carácter belicista de la guerra fría. El hip hop generó una cultura que dio una identidad tanto estética como testimonial a distintas zonas marginales de varias ciudades del mundo. El punk se mostró como un movimiento contracultural y en su estética de bricolaje se opuso a la tradicional cultura conservadora británica y dio una voz a los jóvenes obreros excluidos de todo apoyo social, agobiados por presión económica y rechazados por todos. El caso del punk es peculiar, pues haber generado en algún momento un movimiento que rechazara la cultura hegemónica es considerado algo muy difícil de lograr. Todos compartimos un sistema cultural muy difícil de negar, casi como la percepción que deben tener los peces del agua en que habitan. Al compartir una cultura, estamos convencidos de lo bueno y lo malo, de lo moral e inmoral y de cómo debemos comportarnos en tal o cual situación, negarlo implica un grado de consciencia y rebeldía extremo e intenso. Eso era el punk.
Volvamos al concierto. Ahí estábamos entre la brisa de la Costa Verde en medio de personas de toda generación, por alguna razón, casi todos bien altos, a veces tenía que cargar a Jessica entre el público para que pudiera ver a Billy entre tantas cabezas. Qué hermoso es el rock.
Sin embargo, Billy Idol ya no es el chico malo, porque ahora todos somos cínicos e individualistas, juzgadores y bastante agresivos a través del Internet. Tal vez tengamos que volver a ser punks, rebelándonos a la cultura que sin darnos cuenta ha ido cambiando desde los tiempos en que oíamos a Billy Idol desde caset y long plays. Ahora el Internet nos ha quitado la posibilidad del diálogo y estamos más contactados, pero menos comunicados. Nos hemos vuelto más agresivos amparados en el anonimato y en el miedo a ser juzgados en redes; estamos más individuales. Tal vez ahora ser tiernos y solidarios, amables y comprensivos sea el nuevo punk. Si es así, es cierto que el punk no ha muerto.
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