Como he comentado en esta columna, mi familia salió de Cuba en 1959 y, desde ese momento, vivimos en el exilio. Una parte esencial de esta vivencia fue el anhelo de retornar a la patria. Esas ansias fueron muy fuertes en los primeros años, menguando con el tiempo. Pero también dependía de la comunidad exiliada que nos rodeaba y su demografía.
Este hecho nos hacía muy sensibles a los acontecimientos que parecían indicar que pronto regresaríamos. No era lo mismo, por ejemplo, vivir en Miami que otros lugares de Estados Unidos. La comunidad cubano-americana en esa ciudad era muy fuerte y vivía obsesionada con la idea de regresar. También era una comunidad con mayor edad promedio y añoranza profunda de una patria que había constituido sus respectivas vidas.
Entonces, acontecimientos como la invasión de la bahía de Cochinos, la crisis de los misiles y los intentos de algunos gobiernos de los demócratas de disminuir las sanciones al Gobierno Cubano eran vistos con esperanza como anticipo de un regreso. Inclusive, muchos inmigrantes frenaban su aculturación en la sociedad que los acogía pensando en volver a tomar su lugar en una nueva sociedad cubana.
Meditaba sobre esto al ver a los centenares de hermanos venezolanos en las calles de Lima celebrando la captura de Nicolás Maduro. De vez en cuando alguna voz más reflexiva inyectaba una dosis de realidad, más aún considerando la actitud estadounidense. Se sabe muy poco sobre la transición, pero lo que es evidente es que está siendo negociada con el establishment corrupto venezolano y que hay muy poca o nula injerencia de la ciudadanía, especialmente la exiliada. Creo que los venezolanos confiaron mucho en un sistema de reglas que está desapareciendo en la cultura occidental. La oposición, por ejemplo, apostó por un juego democrático a pesar de que no había ningún indicio de que sería respetado por el régimen chavista. Vemos, entonces, cómo el trabajo realizado por María Corina Machado y miles de otros ha sido ninguneado por el gobierno de Trump. En tiempos de realpolitik, los de ‘a pie’ solo son considerados al momento de llenar las calles.
A nuestros hermanos venezolanos les resulta muy difícil reflexionar sobre cómo será su futuro y cómo regresarán a su país. En términos generales, el ciudadano común y corriente ha perdido buena parte de la posibilidad de decisión e incidencia en este asunto. Donald Trump no ha dado indicio alguno de la participación venezolana en el gobierno de transición. Así que los más de siete millones de exiliados seguirán ansiosos sobre las condiciones de su repatriación, sabiendo, además, que está parcialmente en manos de los testaferros corruptos que diezmaron a su país.
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